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Una vida feliz «en blanco y negro»

 

Una vida feliz «en blanco y negro»

Este lunes se anunciará el nuevo ranking mundial de ajedrez y el Gran Maestro Leinier Domínguez, debe aparecer entre los 35 primeros puestos

Juventud Rebelde
digital@juventudrebelde.cu
31 de Diciembre del 2006 22:56:20 CDT

Foto: Juan Moreno Nuestro encuentro con Leinier Domínguez fue como una partida al revés. Nos demoramos para comenzar a mover las piezas, pues el viaje hasta Güines resultó más azaroso de lo previsto, pero luego todo fluyó cual torrente, hasta el estrechón de manos final.

Conversamos en la pequeña salita de su casa, mientras nuestra colega Julieta García, una güinera «ausente» que nos acompañó en el recorrido, intentaba capturar una buena fotografía. Él acepta ir bien atrás en el recuerdo y enseguida le tomamos la palabra.

—¿Cómo llegaste al ajedrez?

—Aprendí a mover las piezas con 7 años. Estaba en tercer grado cuando un profesor fue a la escuela y nos explicó de qué se trataba el juego. Entonces me sedujo la fantasía de ser el jefe de un ejército que lucha por defender a su rey y me embullé a practicarlo. Comencé a asistir a la academia con cierta regularidad y la primera competencia oficial que disputé fue un torneo provincial escolar, donde con 9 años tuve que enfrentarme a niños de 13 y 14 y logré clasificar para los Juegos Nacionales.

—¿A quién consideras tu primer entrenador?

—Al profesor Raúl, sin dudas. No hace falta que te diga el apellido porque aquí en Güines todo el mundo lo conoce. Él tiene un amor infinito por el ajedrez y le gusta mucho enseñar a los niños. Además, posee una excelente biblioteca que te acerca a la literatura necesaria, primero para el despegue y luego para seguir adelante. Mi estilo de juego se lo debo a él. Todavía a cada rato voy a verlo e improvisamos unas tertulias tremendas.

—¿En qué momento sentiste que el ajedrez iba a ser el centro de tu vida?

—En la medida en que fui teniendo resultados, me fui convenciendo de que aquello podía ser definitivo. Recuerdo especialmente el Memorial Capablanca de 1996, donde con apenas 12 años me inscribieron en el grupo Mixto y acumulé siete puntos de 13 posibles, lo cual consideré una gran actuación. Luego, en 1997, gané el primer torneo de Güines e hice una norma de Maestro Internacional. Entonces sí me di cuenta de que no había vuelta atrás.

—¿Cómo llegó el título de Gran Maestro?

—La primera norma la hice en 1999 con 15 años. Fue en un torneo Guillermito García, en Santa Clara. El título llegó dos años después. Lo asumí como un premio a todo mi esfuerzo. Esa es prácticamente la primera meta que se impone un ajedrecista. A partir de ahí te sientes verdaderamente libre para jugar, pues ya no hay más protocolos ni exámenes que vencer. Es como llegar a la mayoría de edad.

—¿Es muy difícil el entrenamiento de un Gran Maestro?

—Depende, yo diría que es diferente al de otros atletas. Mi preparación, por ejemplo, es muy teórica. Consiste en estudiar mucho. Repaso diariamente algunos finales y, sobre todo, aperturas. Me concentro más en estas porque pueden ser decisivas entre dos jugadores de similar nivel. Es una ventaja que se tiene a mano, tanto que cuando el planteamiento logra sorprender al adversario, a este le cuesta mucho trabajo recuperarse, e incluso muchas veces no puede salir del trance.

—¿Entonces se puede decir que cada partida es como un examen para el cual uno estudia de todo sin tener muy claro a lo que va a enfrentarse?

—Más o menos. Hoy en día, sobre todo al máximo nivel, hay muchas cosas que están predeterminadas. Las aperturas se han desarrollado tanto que prácticamente la iniciativa del ajedrecista comienza alrededor de la jugada 20. Las opciones malas se han ido descartando y queda menos espacio para la creatividad que hace 10 ó 15 años atrás. La Computación ha tenido mucho que ver en eso.

—A propósito de las computadoras, ¿crees que ellas han beneficiado al ajedrez o, por el contrario, lo han perjudicado?

—Creo que el desarrollo de la Computación ha dado un gran impulso al ajedrez. Ha sido un gran paso de avance en todos los sentidos. Fíjate que hay muchos programas informáticos por ahí que calculan millones de movimientos y variantes por segundo, de manera que desde ciertas posiciones pueden adivinar el final. Y el hombre antes de usar las máquinas nunca había podido llegar tan lejos.

—Recientemente el campeón mundial Vladimir Kramnik perdió un match contra un programa informático y declaró que en breve será casi imposible para los seres humanos derrotar a las máquinas. ¿Qué opinas tú?

—Pienso lo mismo. Incluso ya hay quienes afirman que jugar mal frente a ellas y «marearlas» es la única manera de vencerlas en la actualidad. Pero creo que ni siquiera será posible engatusarlas dentro de unos años.

—¿Haces preparación física?

—Sistemáticamente no. La verdad es que lo hago más por diversión que por otra cosa. Juego fútbol siempre que puedo, porque me gusta, y cosas así.

—¿Entonces el cansancio puede haber afectado tu rendimiento algunas veces?

—Tal vez. En realidad la preparación física es importante, sobre todo cuando compites muy seguido. Por eso es que yo trato de no jugar torneos sucesivos.

—¿Y cómo planificas las competencias en las que vas a participar durante el año? ¿Es decisión tuya?

—Normalmente sí, aunque a veces es difícil conseguir eventos que estén en sintonía con tus intereses. Sería ideal que al principio de la temporada ya supiera dónde voy a ir, para planificar el entrenamiento, pero eso casi nunca sucede. Es que las mejores competencias generalmente son en Europa y como los organizadores corren con casi todos los gastos prefieren invitar a jugadores del entorno, que además son los mejores del mundo. De manera que nosotros tenemos que estar en forma óptima casi todo el año para ver lo que aparece. Y eso no es nada sencillo.

—Pero el 2007 quizá sea distinto. Tu ascenso en el ranking mundial seguramente te abrirá algunas puertas, ¿no?

—Supongo que sí, pero veremos. Ahora mismo solo tengo segura la participación en la final del Campeonato nacional, que será en breve, y luego en el Memorial Capablanca. No obstante, espero tener otro gran año y seguir en busca de los 2700 puntos de coeficiente ELO.

—¿Cómo te preparas psicológicamente para una competencia?

—-Entrenamiento específico tampoco hago. Hasta el momento yo mismo he tenido que aprender a controlar mis emociones y estados de ánimo. Creo que me ayudan mi carácter sosegado y el hecho de asumir las derrotas como algo normal, aunque duelan. Fíjate que yo no soy de los que da muchos «paseítos» durante las partidas, sino más bien me mantengo frente al tablero. Pero no niego la relevancia de la preparación psicológica. De hecho, en el equipo nacional tenemos desde hace algún tiempo una psicóloga que nos aconseja al respecto.

—Hablando del entrenamiento en sentido general, ¿crees que sería importante contar con un preparador de alto nivel, digamos de la escuela rusa?

—Realmente sería muy bueno. Los ajedrecistas rusos son excepcionales y detrás de ellos hay muchos entrenadores de gran experiencia. Creo que nosotros necesitamos fortalecer deficiencias muy específicas que a veces no percibimos, pues detectarlas requiere de un «olfato» o una intuición que no tenemos. No es lo mismo entrenar a un aprendiz para que llegue a ser Gran Maestro, que ayudar a los jugadores de alto nivel a pulir sus puntos débiles.

—¿Y cómo escoges a tu entrenador? ¿No importa que tenga menor rango que tú?

—No. Lo esencial es que sea un jugador fuerte. Aquí en Cuba esa es una asignatura pendiente. Yo entreno con Aryam Abreu, un Maestro Internacional que es de Güines como yo, a veces también lo hago con Holden Hernández, otro güinero, porque son mis amigos y me siento cómodo con ellos, pero falta sistematicidad.

—¿Qué opinas de las partidas rápidas? ¿Es un buen método para definir los torneos?

—Bueno, desde el punto de vista técnico son perjudiciales porque te obligan a jugar más rápido y entonces cometes errores con frecuencia, pero sin dudas son espectaculares. Los mejores ajedrecistas del mundo se foguean jugando entre sí en una especie de club virtual que hay en internet, pero a nosotros nos cuesta mucho trabajo llegar hasta él porque la conexión a la red que tenemos apenas nos permite jugar on line.

—¿Y cómo resuelven?

—Bueno, para las Olimpiadas nos preparamos 15 días en la Universidad de Ciencias Informáticas y tratamos de aprovechar ese tiempo al máximo.

—¿Qué tiempo sueles dedicarle al ajedrez en un día normal?

—Cuando me preparo para una competencia específica suelo entrenar alrededor de seis horas diarias.

—¿Y qué hace Leinier cuando no está frente al tablero?

—Me gusta mucho el deporte, así que a veces juego fútbol o lo miro por televisión, que es otro de mis pasatiempos. Soy un fiel televidente. También escucho música de todo tipo, desde baladas en inglés hasta salsa cubana.

—¿Ser «famoso» te ha cambiado la vida ?

—No mucho, porque nunca me he creído que lo soy. Es cierto que la gente es muy cariñosa y demanda mucho mi atención, pero trato de cumplirles siempre que puedo.

—Cuéntame de tu familia

—Mi familia es hermosa. Vivo con mis hermanos, una hembra y un varón, mi padre y su esposa. Además, tengo una pareja estable desde hace casi cuatro años.

—¿Y ella no se pone celosa del ajedrez?

—A veces, aunque es bastante comprensiva. Quizá me entiende más porque ella también estudia mucho, Física nuclear, imagínate.

—Ahora que eres un ajedrecista consagrado, ¿todavía te divierte el juego o lo asumes como una rutina?

—Disfruto mucho jugar, creo que tanto como al principio. Y además me fascina estudiar el ajedrez, seguir descubriendo cosas nuevas.

—Dime de tu rivalidad con Bruzón. ¿Te motiva jugar contra él?

—Sí, porque es un gran ajedrecista. Nos conocimos en el año 1993 y desde entonces hemos topado infinidad de veces, con un saldo bastante parejo de victorias y derrotas. Nuestro enfrentamiento inicial fue en la primera ronda de unos Juegos Escolares, precisamente en los primeros en que participábamos. Yo defendía el tercer tablero de La Habana y él el de Las Tunas. Esa vez me tocó ganar.

—¿Es cierto que comparten las habitaciones cuando compiten juntos en el extranjero?

—Sí, somos amigos, aunque pongamos cara de no serlo cuando estamos frente a frente.

—Una partida que recuerdes especialmente.

—La que le gané este año al ruso Peter Svidler en la olimpiada de Turín. Fue la primera vez que vencí a un jugador con un ELO superior a los 2700 y el único punto cubano en ese match.

—¿Firmamos las tablas?

—Está bien (se ríe), digamos que por jaque continuo…

 

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