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El genio Capablanca, 75 años después

El inmortal cubano (1888-1942) es uno de los ajedrecistas más venerados en 15 siglos de historia

 

Muy elegante y cortés, atractivo, de educación exquisita, maneras refinadas y amplia cultura; la antítesis de la imagen tópica de un gran maestro del ajedrez. Así era José Raúl Capablanca y Graupera, un genio con mayúsculas, cuyo corazón se paró el 8 de marzo de 1942, a los 54 años. Pero sus obras de arte en forma de partidas son inmortales. Además, la biografía del mítico cubano sirve de percha para debatir asuntos que hoy siguen siendo polémicos.

 

“Por favor, ayúdenme a quitarme el abrigo. Tengo una jaqueca insoportable”, fueron las últimas palabras de Capablanca poco antes de caer fulminado, en el Manhattan Chess Club de Nueva York, adonde acudía con gran frecuencia por las tardes. La hipertensión lo mató -en la sala de urgencias del hospital Monte Sinaí le midieron pocos minutos después 280/140, una barbaridad que le causaría la muerte incluso con los adelantos de hoy- y sin duda acortó mucho su carrera e impidió que su brillantísimo palmarés fuera aún más cegador; 75 años después, esa dolencia ni siquiera tiene por qué acortar la vida si se trata y controla adecuadamente, pero entonces se sabía mucho menos sobre ella.

Los relatos que he leído de aquella tragedia no incluyen una descripción del abrigo, pero puede asegurarse que no se parecía en nada a las prendas raídas o descuidadas tan frecuentes en los guardarropas de un club o un torneo. Hay poco riesgo de equivocarse si uno imagina un lustroso abrigo gris marengo de fino paño de lana, exquisito corte inglés y botones cruzados. Y ese gran contraste tiene una explicación de lógica total: una gran parte de los ajedrecistas de competición viven absortos en su mundo, pensando en la partida que acaban de jugar, en la que disputarán mañana o en una muy interesante que recién vieron; cuidar mucho los detalles de su vestimenta o su imagen en general no encaja bien con esa devoción.

 

¿Cómo se explica entonces que Capablanca fuese un galán de película y al mismo tiempo uno de los mejores ajedrecistas en 1.500 años de historia documentada? Porque a partir de su salto a la fama en el torneo de San Sebastián 1911, que ganó contra pronóstico y con gran brillantez, dedicó mucho menos tiempo a su entrenamiento que sus rivales más duros de entonces, y muchísimo menos que las estrellas actuales del deporte mental. Muy adelantado a su tiempo, el cubano cinceló una aureola de casi invencible porque su profunda comprensión de la estrategia era muy superior a lo que se sabía hasta entonces. Sus mejores partidas son un paradigma de la sencillez de los genios: logra que el aficionado crea, durante un rato, que lo muy difícil es, en realidad, fácil. Diversos relatos coinciden en escenas similares a otras que Anatoli Kárpov protagonizó 60 años más tarde: Capablanca se acerca a una mesa donde varios maestros de postín llevan un buen rato analizando una posición compleja; menos de un minuto después, emite su certero diagnóstico, parecido a este: “Para ganar, hay que cambiar las damas, poner la torre en g6 y el rey en e7, y todo se derrumba”.

Gari Kaspárov lo explica muy bien en el primer tomo de su obra monumental Mis Geniales Predecesores (Ediciones Merán, 2003): “En general, el apogeo de Capablanca fue, en mi opinión, en el periodo anterior a su conquista del campeonato [del Mundo, en 1921]. Fue entonces cuando jugó el ajedrez más fresco e interesante, y cuando demostró su colosal superioridad sobre sus contemporáneos. Por esa razón surgió precisamente el mito de su invencibilidad. Nadie podía ver las pequeñas -y, a veces, no tan pequeñas- lagunas de su estilo ultrapuro. Pero esos errores no eran accidentales, y en el encuentro con Alekhine [quien le derrotó en 1927] pasaron a ser trágicos, puesto que echaban por tierra los frutos del enorme trabajo precedente. Capa fue cayendo por culpa de su proverbial pereza, y una cierta negligencia en su juego. Si tenía éxito, ¿para qué esforzarse más?”.

 

En efecto, no pocos expertos están convencidos de que Capablanca hubiese ganado a Alekhine (mejor transcrito como Aliojin) de haberse preparado a conciencia como hizo el ruso, nacionalizado francés. El cubano siguió brillando después, y porfió en pedir la revancha, que Aliojin nunca le dio. Ambos están en la lista de inmortales del ajedrez, pero ese segundo duelo que nunca existió es una de las grandes frustraciones históricas para los aficionados.

El lector poco versado que haya llegado hasta aquí deducirá, con lógica aplastante, que Capablanca era un genio de nacimiento, superdotado para el ajedrez, que no necesitaba entrenarse para deslumbrar con su sabiduría natural; sería, por tanto, un argumento de peso para quienes piensan que los genios nacen, no se hacen. Pero eso es difícil de creer -incluso hace cien años, ser una estrella del ajedrez sin dar un palo al agua rozaba lo imposible-, y de hecho queda muy cuestionado cuando uno lee otra obra monumental –José Raúl Capablanca, a Chess Biography, de Miguel Ángel Sánchez, McFarland 2015, lo más completo que se ha escrito sobre el campeón cubano junto a Capablanca, de Edward Winter, McFarland 1989-, donde un destacado jugador, escritor y organizador de aquella época, Jacques Mieses, dice: “Capablanca dedicó prácticamente todo su tiempo al ajedrez desde el cuarto al vigésimo segundo año de su vida; en ese periodo, 18 años cuentan el doble o el triple”.

 

Esas frases, publicadas en el diario alemán Berliner Tageblatt tras el resonante triunfo del cubano en San Sebastián 1911, lo cambian todo. Como en el caso del actual campeón del mundo, Magnus Carlsen, todo indica que los genes de Capablanca eran especialmente apropiados para brillar en el ajedrez. Pero, ante la evidencia de que el ajedrez fue un elemento muy importante en la infancia de ambos (en el caso de Carlsen, a partir de los ocho años), es imposible saber si ambos genios nacieron o se hicieron, si el trabajo intenso pesó más o menos que los genes.

Por tanto, buena parte de los epítetos dedicados a Capablanca –El Mozart del ajedrez, La Máquina de Ajedrez, El Invencible- se debían en gran parte a un trabajo concienzudo y muy adelantado a su época, durante 18 años. Su dominio era tal que él mismo y otros astros del tablero dijeron entonces que el ajedrez estaba ya cerca de agotarse, de llegar a ese punto en el que casi todas las partidas entre jugadores de élite terminarán en tablas; por eso, Capablanca propuso que el tablero se agrandase (8×10, en lugar de 8×8) en un agudo debate, que se ha recrudecido cien años más tarde. Entonces surgió la escuela hipermoderna -en lugar de ocupar el centro con peones, se puede presionar con piezas desde los flancos- y apagó el debate; hace unos años surgió la Revolución Carlsen –lo importante no es lograr ventaja en la apertura, sino sacar al rival de territorios conocidos, para que no juegue de memoria- y mitigó un poco el fuego, pero el conservadurismo de la Federación Internacional, que no castiga ni previene los empates cortos, y la aversión al riesgo de numerosos jugadores de élite han vuelto a avivarlo.

Por fortuna para Capablanca y para el ajedrez, el grave obstáculo de su hipertensión fue compensado por un entorno favorable, no tanto en su familia, que hubiera preferido que el joven José Raúl se dedicase a actividades más serias, como en su país. Contrariamente a lo que vivió Carlsen en Noruega, el ajedrez era popular y relativamente prestigioso en La Habana durante su infancia, lo que contribuyó a que el Gobierno le apoyase de diversas maneras; por ejemplo, con misiones y pasaportes diplomáticos. En realidad, Capablanca no fue un jugador profesional en sentido estricto, pero precisamente el hecho de no tener que ganar una partida hoy para poder comer mañana le permitió brillar más. El presidente Fulgencio Batista ordenó que su féretro fuera velado en el Congreso de La Habana como Coronel Caído en Campaña, el máximo honor póstumo en aquel momento, y condecorado al nivel más alto, con la Orden Carlos Manuel de Céspedes.

Además de la casi unánime explicación de por qué perdió el título ante Aliojin, varios testimonios coinciden en la laxitud con que Capablanca vivía la que supuestamente era su principal actividad. Al menos dos testigos aseguran, aunque con algunas diferencias en los detalles, que el grosero error cometido por el cubano en la novena jugada frente a Saemisch del torneo de Carlsbad 1929 se debió a que su esposa viajó sin avisar a esa ciudad checa y se presentó en la sala de juego cuando Capablanca hablaba con su amante, mientras esperaba la jugada de su adversario. Dado lo mala que fue esa jugada, y lo bueno que era Capablanca, tal explicación es una de las pocas que encajan como un guante.

Frases célebres de ajedrez: Capablanca

05/03/2017 – Siempre son interesantes esas frases que se han hecho famosas con el transcurso del tiempo, porque expresan con sencillez y originalidad diferentes aspectos que engrandecen el ajedrez. Las hay técnicas e instructivas, filosóficas o de cultura ajedrecística. Tienen una cosa en común: hacen que nos paremos a penar un momento y a veces hasta aprendemos algo.

Frases célebres de ajedrez por…

José Raúl Capablanca

José Raúl Capablanca y Graupera nació en La Habana, el 19 de noviembre de 1888 y falleció el 8 de marzo de 1942. Fue un ajedrecista cubano, campeón mundial de ajedrez de 1921 a 1927. Por su genio precoz, le pusieron el apodo (mucho antes que a Magnus Carlsen) de “Mozart del ajedrez”. Tenía aura de invencible y en su época dorada le llamaban “la máquina del ajedrez”.

Terminó sus estudios en el Instituto de Bachillerato de Matanzas. Su familia no disponía de recursos para enviarlo a estudiar al extranjero, pero en vista de sus buenos resultados académicos, su mecenas Ramón San Pelayo se dispuso a financiar su formación en los Estados Unidos. Cursó la secundaria en la Escuela Woodycliff de Nueva Jersey aspirando a entrar en la Universidad de Columbia para seguir la carrera de Ingeniería Química. Sin embargo, permanentemente distraído por su pasión hacia el juego ciencia, sólo cursó los dos primeros años.

En 1905 comenzó a frecuentar el club de ajedrez de Manhattan: En la noche del 6 de abril de 1906 participó en un torneo relámpago en el que, tras sucesivas eliminatorias, venció al gran Emanuel Lasker, ante el asombro de todos, adjudicándose el torneo. Lasker estrechó la mano de su vencedor diciéndole: “Es notable joven, usted no ha cometido errores”.

En 1920, Lasker se dio cuenta de que Capablanca se estaba haciendo demasiado fuerte y, decidió renunciar al título en favor de éste, añadiendo: “Usted ha ganado el título no por la formalidad de un desafío, sino por su brillante maestría”. El cubano prefería ganarlo en una partida, pero Lasker insistió en que era él ahora el retador.

José Raúl Capablanca

En 1921 jugaron el campeonato en La Habana donde Capablanca venció al alemán sin perder una sola partida: +4 -0 =10. No sería sino hasta ocho décadas más tarde cuando eso se repetiría: en el año 2000 Vladimir Kramnik le ganó a Garry Kasparov +2 -0 =13.

En los años siguientes, Rubinstein y Nimzowitsch desafiaron a Capablanca pero no lograron reunir la bolsa exigida.

El encuentro si se produjo contra Alekhine, en Buenos Aires. Ganaría el primero en obtener seis victorias. Alekhine jugó con paciencia y solidez, llevó a Capablanca a perder la primera partida de manera mediocre, para luego tomar ventaja ganando las partidas número 3 y 7 —juegos de ataque más al estilo de Alekhine— luego perdió las partidas 11 y 12. Capablanca intentó convencer a Alekhine para anular la cita después de una larga serie de tablas. El ruso rehusó, y acabó venciendo +6 -3 =25, en el encuentro más largo de la historia del campeonato del mundo exceptuando el campeonato en 1985 entre Karpov y Kasparov.

Alekhine no aceptó jugar la revancha, contraviniendo una de las condiciones del enfrentamiento. A pesar del colapso de los mercados financieros en 1929, Alekhine siguió insistiendo en las condiciones acordadas en Londres, es decir, Capablanca estaba obligado a recaudar $10,000. El aspirante no logró satisfacer esta condición. En cambio, Alekhine jugó dos campeonatos mundiales contra Efim Bogoljubov, que era un buen ajedrecista, pero no una amenaza para él en un duelo extenso. Durante su reinado, Alekhine rechazó jugar en los mismos torneos que su Capablanca.

Resultó segundo en Nueva York en 1924, otra vez por delante de Alekhine. En 1925 fue tercero en Moscú detrás de Efim Bogoljubov y Lasker. Pero en 1927 dominó el torneo en Nueva York contra seis jugadores sin perder una partida y con 2,5 puntos más que Alekhine.

En este periodo también hubo varios cambios en la vida personal del maestro. En diciembre de 1921 se casó con Gloria Simoni Betancourt. Tuvieron un hijo, José Raúl, en 1923 y una hija, Gloria, en 1925, pero el matrimonio terminó en divorcio. También perdió a su padre y a su madre.

En toda su carrera Capablanca sufrió menos de cincuenta derrotas. En partidas oficiales, perdió 35, el 6% del total. Permaneció invicto por más de ocho años, desde el 10 de febrero de 1916, cuando perdió desde una posición superior contra Oscar Chajes; hasta el 21 de marzo de 1924, cuando sucumbió frente a Richard Réti en el Torneo Internacional de Nueva York. Se trata de un récord de 63 partidas, que incluyó el delicadísimo torneo de Londres de 1922 y la partida por el campeonato del mundo contra Lasker.

De hecho, sólo Marshall, Lasker, Alekhine y Rudolf Spielmann ganaron dos o más partidas oficiales frente a un Capablanca maduro, aunque los totales de sus respectivas carreras son negativos (Capablanca derrotó a Marshall +20 -2 =28, a Lasker +6 -2 =16, a Alekhine +9 -7 =33), a excepción de Spielmann que consiguió su nivel (+2 -2 =8). De la élite mundial, solamente Paul Keres tuvo un estrecho margen a su favor (+1 -0 =5), triunfo que ocurrió cuando Capablanca tenía 50 años, en el declive de su carrera. Su puntaje Elo ha sido calculado en 2725.

Más información en Wikipedia…

Frases célebres del maestro Capablanca

“De pocas partidas he aprendido tanto como de la mayoría de mis derrotas”. 

Tras una movida durante un juego en la variedad de ajedrez rápido, Nimzowitsch se ofendió a raíz de un comentario de Capablanca, a quien respondió:

“Los jugadores sin trayectoria deberían mantener la boca cerrada en presencia de sus superiores”.

En el acto, Capablanca retó a Nimzowitsch a un duelo a partidas rápidas, que ganó fácilmente.

“Puedo adivinar en un momento lo que se oculta detrás de las posiciones y que es lo que puede ocurrir o lo que va a ocurrir. Otros maestros tienen que hacer análisis para obtener algunos resultados, mientras a mí me bastan unos instantes”

“Hay que eliminar la hojarasca del tablero”

“Con el fin de mejorar tu juego, debes de estudiar los finales en primer lugar, ya que mientras que los finales pueden ser estudiados y dominados por sí mismos, el medio juego y la apertura deben de ser estudiados en relación con los finales”.

“Jamás he estudiado ajedrez. Sólo estudio ajedrez cuando juego una partida”.

“El buen jugador siempre tiene suerte”.

“El ajedrez es algo más que un juego; es una diversión intelectual que tiene algo de arte y mucho de ciencia. Es además, un medio de acercamiento social e intelectual”.

“El ajedrez sirve, como pocas cosas en este mundo, para distraer y olvidar momentáneamente las preocupaciones de la vida diaria”.

“El ajedrez, como todas las demás cosas, puede aprenderse hasta un punto y no más allá. Lo demás depende de la naturaleza de la persona”.

“El ajedrez es indudablemente el mismo tipo de arte que la pintura o la escultura”.

“El Ajedrez sirve, como pocas cosas en este mundo, para distraer y olvidar momentáneamente las preocupaciones de la vida diaria”.

“Es necesario proteger al rey con el mínimo número de piezas y atacar al rey adversario con el máximo número de piezas”.

“Estoy seguro de que ningún ajedrecista ha obtenido jamás un resultado como éste a esta altura de su carrera deportiva”.

“Juego al ajedrez para divertirme, y las jugadas vienen a mi mente de una manera subconsciente, supongo, mientras estoy jugando”.

“Ha habido momentos en mi vida en los que estuve muy cerca de pensar que no podía perder ni una sola partida. Entonces, resultaba vencido, y la derrota me obligaba a descender a la tierra, desde el mundo de los sueños”.

“Hay ajedrecistas a los que asusta cualquier ataque, sea contra un peón, contra una pieza o, especialmente, contra el rey; y para contrarrestar este ataque movilizan todas sus piezas. Esto es un error, pues el rey debe defenderse con el mínimo de piezas que sean necesarias; éstas deben emplearse masivamente, en cambio, cuando se ataca al rey adversario”.

“La solución de estudios es un entrenamiento muy útil para el jugador de ajedrez. No sólo ejercita la imaginación, sino que se llega con ello, además, a posiciones idénticas a las que ocurren en el juego práctico”.

“Las operaciones iniciada con el movimiento 21.Cb3 son dignas de atención. Decidí atacar al rey negro, a pesar de tener las negras dos peones libres en el flanco de dama”. (Se refiere a su tercera partida por el titulo mundial de 1927 Capablanca – Alekhine 1-0).

“Los libros de ajedrez deben de usarse como usamos los anteojos: para mejorar la vista, aunque algunos jugadores los quieren usar como si ellos les otorgaran la visión”.

“Mi adversario debió haber considerado que un jugador de mi categoría y experiencia no hubiera permitido una jugada así, si fuera buena”.

“Un Peón pasado aumenta su poder a medida que el número de piezas en el tablero disminuye”.

“Vale más peón de más que un peón de menos”.

“Aprendí a jugar al ajedrez antes que a leer.”

“Cuando ustedes ven una posición, se preguntan qué puede suceder, qué sucederá. Yo lo sé”.

“Cuando yo era joven, en tanto me encontraba precisamente delante de una posición analizada, se me ocurrió un estudio. Resultó ser extremadamente difícil y nadie dio muestras de entenderlo. Desde entonces tengo poco interés por las composiciones, porque pienso que no tiene ninguna utilidad componer estudios que nadie puede solucionar”.

Nota de la redacción: esa no es una lista completa de citas, sino solamente una colección. Si ustedes conociesen más citas de Capablanca, por favor, no vacilen en agregarlas mediante el formulario de comentarios.

Capablanca: Hombre también de combinaciones…

En las clases de Universidad para Todos de esta mañana dedicadas al ajedrez la primera Gran Maestra de Iberoamérica Vivian Ramón nos ofreció tan solo un ejemplo de que Capablanca también era un hombre de geniales combinaciones, por supuesto, siempre que su adversario se lo permitía…

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Capablanca, Jose Raúl 1-0 Fonaroff, Marc [C66]

New York casual New York, 18.06.1918

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1.e4 e5 2.Cf3 Cc6 3.Ab5 Cf6 4.O-O d6 5.d4 Ad7 6.Cc3 Ae7

C66 [Spanish: Closed Berlin, Hedgehog Variation]

7.Te1 exd4 8.Cxd4 Cxd4 9.Dxd4 Axb5 10.Cxb5 O-O 11.Dc3 c6 12.Cd4 Cd7

(+0.92 error de Fonaroff que debilita la defensa del rey negro mientras repliega peligrosamente su caballo que dominaba el centro del tablero.)

(12…Te8 La indicada [+0.21])

13.Cf5!

(+0.77 Capablanca pasa a dominar las débiles defensas negras de su rey mientras amenaza mate…)

13…Af6

(+0.77 única defensa posible)

(13…f6? [+1.62] Peor)

(13…Cf6?? [+2.77] Aún peor)

14.Dg3 Ce5

(14…g6 +1.46 Otro error)

15.Af4 Dc7 16.Tad1 Tad8 17.Txd6?

¿acaso un sacrificio de Capablanca considerado error?

17…Txd6 18.Axe5 Td1??

Fonaroff cree haber encontrado el tan ansiado Santo Grial devolviendo el sacrificio de la torre, lo que no es más que un grave error que permite la combinación brillante de Capablanca, claro que había que verla, lo que parece que Fonaroff no hizo o pasó por alto subestimando las capacidades del genial cubano.

(18…Da5 la jugada indicada)

19.Txd1 Axe5 20.Ch6+ Rh8 21.Dxe5 Dxe5 22.Cxf7+

Un final de Caballo y Torre contra Torre era demasiada ventaja para Capablanca y Fonaroff desiste de luchar.

1-0

¿De ajedrez o de política? (por Detroy Arjona)

Por: Detroy H. Arjona Escalona (Cuba, 2016)

detroyarjona@gmail.com

 

 

¡Definitivamente de ajedrez! No obstante, no he podido desentenderme de ciertos comentarios políticos que aparecen en las páginas 11 y 12 del Volumen I “Mis Geniales Predecesores” del azerí Garry Kasparov.

El decimotercer campeón mundial de ajedrez es de la opinión que los mejores maestros del ajedrez de cada época han estado estrechamente vinculados a los acontecimientos e intercambios de su sociedad, y que ha sido evidente que los cambios culturales, políticos y psicológicos del medio han repercutido en sus estilos e ideas de juego.

En las referidas páginas sintetiza acerca de sus homólogos Tigran Petrosian, Boris Spassky y Anatoli Karpov:

 

[…] La disminución de la fe en los ideales comunistas cedió su puesto al conformismo, la precaución y la reserva.

[…] La conducta disidente de hombres de acción culpabilizados de la ciencia y de la cultura, se manifestó debido a la hostilidad de la generación postestalinista ante la decadencia del régimen.

[…] brillante símbolo del “estancamiento”, cuando la nomenklatura del partido se ocultaba en el deterioro de la ideología para ocuparse del enriquecimiento personal. Corrupción, involución, cinismo y conformismo, rasgos típicos de la realidad soviética en el tiempo del ocaso comunista. Pero el Este adoptó las sesgadas ideas occidentales para la coexistencia pacífica de dos sistemas y para disfrutar del doble estándar durante el mayor tiempo posible.

 

Repito…, prefiero concentrarme en el ajedrez porque considero que es a través de él que podría realizar algún aporte…, aunque fuese modesto. Muchos continuarán considerando la política como algo muy sucio, mientras que los menos hallarán “arte” en la pericia de su manejo.

Y como ha sido Kasparov leitmotiv de esta pequeña obra, quisiera sacar a colación una de sus partidas…, para mí a lo Capablanca…, a ver si con ello olvido un poco las absurdas críticas del Garry contra nuestro inmortal Capa.

 

Minsk (Bielorrusia), 1979  Kasparov – Giorgadze,T [C24]  [Kasparov]

Kasparov200

1.e4 e5 2.Cf3 d6 3.Ac4 Ae7 4.d3 Cf6 5.c3 0–0 6.0–0 c6 7.Ab3 Ae6 8.Ac2 h6 9.Te1 Cbd7 10.Cbd2 Dc7 Ambos bandos maniobran sin apresurarse y da la impresión de que sus logros son idénticos. Pero sólo a primera vista. Las blancas empiezan a conquistar espacio. 11.d4! Tfe8 12.h3! Limitar las posibilidades del rival (ahora el alfil negro no se colocará en g4) también es conquistar espacio. 12…Cf8 13.c4! Cg6 14.d5 Ad7 15.Cb1! Af8 16.Cc3 c5 17.Aa4 En tal situación apretada, cualquier cambio es conveniente a las negras excepto ese. Su alfil de casilla blanca defiende importantes escaques y tiene la mayor libertad de maniobra. 17…a6 18.Axd7 Cxd7 19.g3 Ae7 20.h4! En el flanco rey, las blancas resolvieron por ahora como estrategia limitar el movimiento de las piezas negras y preparan la ofensiva principal en el flanco dama. 20…Cf6 21.Ch2 Dd7 22.a4 Dh3 23.Df3 Dd7 24.a5! Las blancas cruzaron la frontera también en el flanco dama apretando todavía más a las negras. Su plan próximo está claro para ambos bandos, pero las negras ya no pueden hacer nada. Maniobrar con reserva en poco espacio es prácticamente imposible. 24…Cf8 25.Ad2 Tec8 26.Cf1 Cg4 27.Ca4 Ad8 28.Tec1 Tab8 29.b4! cxb4 30.Axb4 h5 31.Cb6! A primera vista continuación ilógica, pues por la línea b se podía acentuar la presión. Pero las blancas se propusieron abrir la línea c, y en tal caso es muy importante para ellas tener una casilla de irrupción en esa línea. La casilla c7 es la mejor plaza para el desembarco blanco. 31…Axb6 32.axb6 De7 33.Da3 Td8 [La última posibilidad de resistencia consistía en frenar el avance del peón c sacrificando torre por alfil 33…Tc5! 34.Axc5 dxc5 La marcha de acontecimientos, verdad, se hace más lenta, pero las blancas conservan todas las posibilidades de vencer.] Ahora la ofensiva blanca se desarrolla con rapidez y conforme al plan. 34.f3 Ch6 35.c5! dxc5 36.Axc5 Df6 37.Rg2 Te8 38.Ae3 Cd7 39.Tab1 De7 40.Dxe7 Txe7 41.Tc7 Las negras se rindieron, porque ya en la jugada siguiente empiezan a sufrir pérdidas. 1–0

José Raúl Capablanca, 19/11/1888 – 8/03/1942

Muchos consideran a Capablanca el ajedrecista más profundo que haya existido jamás, y a pesar de que en su juego no abundan las bellas combinaciones, su popularidad fue enorme en su tiempo y lo sigue siendo a través de los años.

Cuando se habla de suprema facilidad para jugar, de perfección técnica, de equilibrio ideal en todas las facetas del juego, el nombre de Capablanca vuelve a surgir, convertido en paradigma.

Se le considera el genio en estado puro, el hombre que logró lo máximo con el mínimo esfuerzo. Si Anderssen es la precisión combinativa, Steinitz la profundidad estratégica, Lasker la penetración psicológica, Alekhine la voluntad de victoria y Botvinnik la preparación científica, Capablanca es la facilidad, el talento fluyente, lo más parecido a la perfección.

Está claro que hay, en estos juicios, mucho de romanticismo y de simplificación; en el caso concreto del único campeón mundial hispanoamericano, se exagera su precisión técnica, se sobreestima su facilidad y se menosprecia su trabajo y su voluntad de victoria, que fueron importantísimos en su carrera.

Pese a ello, la señalada imagen histórica, aunque exagerada, es, en esencia, correcta; nadie, con la posible excepción de Bobby Fischer, ha jugado al ajedrez de forma tan sencilla, profunda, elegante y efectiva a la vez.

La comparación con Mozart se ha vuelto casi un lugar común, en especial entre los melómanos amantes del ajedrez.

Como Mozart, el gran cubano parecía situarse más allá de todo problema técnico, llevando al virtuosismo el dominio de su lenguaje específico. Ambos, tal vez el mayor de los músicos y el mayor de los ajedrecistas, parecían tocados por una mágica intuición que les permitía dar apariencia de fácil a lo más difícil; como las obras de Mozart, las partidas de Capablanca tienen una armonía interior, una suerte de gracia alada que las hace deliciosas e intransferibles.

Miles de anécdotas hablan de la extremada facilidad de ambos para resolver problemas que a otros costaban largos y penosos esfuerzos.

Pocas personalidades tan distintas como la del músico de Salzburgo y la del ajedrecista cubano; pero las correspondencias entre sus respectivas obras creativas, todo lo subjetivas que se quiera, aparecen como evidentes a muchos amantes, a la vez, de la más abstracta de las artes y del más profundo de los juegos. Capablanca fue campeón mundial sólo seis años, y no llegó a defender su título con éxito ni una sola vez.

Pese a ello, la historia lo evoca como el invencible, la máquina perfecta, el genio en estado puro. La aureola de hombre de mundo, de amante de las buenas cosas de la vida, de incorregible seductor, aumenta, si cabe, el hechizo de su poderosa personalidad.

Hasta sus debilidades -supuesta pereza, rechazo a la preparación sistemática, impuntualidad e informalidad- agrandan su poder de seducción histórico. Capablanca, como Mozart, indigna a los que, carentes de genio, exaltan el valor –indudable-, por otra parte- del trabajo metódico y del sacrificio; pero sigue haciendo las delicias de los que disfrutan con la fluidez, el encanto y la gracia.

 

Una infancia prodigiosa

 

José Raúl Capablanca y Graupera nació en La Habana, Cuba, el 19 de noviembre de 1888 y falleció en Nueva York el 8 de marzo de 1942, a la edad de 53 años. Vino al mundo, por lo tanto, cuando la isla caribeña aún era parte de la nación española, y ésta fue su nacionalidad originaria. Su padre era oficial del ejército español, y la familia tenía una situación económica solvente. El coronel José María Capablanca, como suele suceder con los militares, tenía respeto y aprecio por el ajedrez, y gustaba de jugar en ratos de ocio.

El pequeño José Raúl, segundo hijo del matrimonio, creció escuchando conversaciones sobre estrategia y táctica, lo que, según su propia opinión, favoreció su temprana afición por el ajedrez, una microguerra disputada sobre un tablero como campo de batalla. La forma cómo aprendió las reglas del juego, a los cuatro años, constituye una famosa anécdota, ribeteada de leyenda; el propio Capablanca nos la narra.

«Cuando entré a las habitaciones de mi padre, vi una escena que de inmediato captó mi atención. En el centro del recinto estaba sentado mi padre, con la cabeza apoyada en la palma de las manos (…). Enfrente a él se hallaba otro oficial, en idéntica actitud; ambos parecían absortos y nadie decía una palabra.

» Me aproximé, y entonces tuve mi primera visión de un tablero de ajedrez. Sin alterar el silencio reinante, me situé ante la mesa de manera que pudiera ver cómodamente lo que acontecía. Mi curiosidad infantil pronto comenzó a crecer hasta transformarse en maravillado asombro; al ver cómo mi padre movía aquellas peculiares piezas talladas de una casilla a otra del tablero, sentí una espontánea fascinación por aquel juego. Tuve la impresión de que aquello debía tener alguna significación militar, de acuerdo al interés que ambos soldados manifestaban.

» Entonces comencé a concentrar mi atención para descubrir cómo debían moverse aquellas piezas. Al terminar la partida estaba seguro de haber aprendido las reglas del juego.

» Comenzó una segunda partida; en aquel momento, ni el embrujo de un cuento de “Las mil y una noches” me hubiera fascinado tanto. Seguí cada movimiento con apasionada atención; habiendo resuelto el primer misterio del ajedrez -el movimiento de las piezas- comencé a observar los principios que regían el juego.

» Aunque sólo tenía cuatro años en aquel momento, aprecié muy pronto que una partida de ajedrez debía compararse con una batalla militar; algo que implicaba un ataque por parte de uno de los jugadores, y la correspondiente defensa por parte del otro (…). Creo que mi temprana y muy poderosa atracción por el ajedrez tiene relación con la mentalidad que había desarrollado debido al entorno militar que me rodeaba, así como a una peculiar intuición.

» Aquella tarde ocurrió un incidente que marcaría toda mi carrera de ajedrecista. Durante la segunda partida, noté que mi padre había movido un caballo no de acuerdo a las reglas, lo que no fue advertido por su rival. Mantuve un escrupuloso silencio hasta el final del juego, y entonces hice notar a mi padre su error. Al principio me trató con la característica tolerancia del padre que escucha una tontería de la boca de su hijo pequeño; mis crecientes protestas, producto de la convicción que tenía de haber adquirido un nuevo e importante conocimiento, así como las dudas surgidas en su oponente, le llevaron muy pronto a preguntarse si, realmente, no había cometido una equivocación.

» Sabía, sin embargo, que yo no había visto jamás disputar antes una partida de ajedrez, y me dijo, con mucha discreción, que du- daba mucho de que yo supiera realmente de qué estaba hablando.

» Mi respuesta fue desafiarlo a jugar una partida; no sé si creyó que yo me había vuelto loco, o si quiso darme una lección y evitar nuevos momentos incómodos delante de su amigo, pero lo cierto es que aceptó mi desafío, esperando sin duda una rápida capitulación de mi parte.

» Cuando se dio cuenta de que yo conocía el movimiento de las piezas, se sintió evidentemente desconcertado. Cuando la partida se aproximó a su final, no puedo decir si estaba más afectado por el asombro, la mortificación o el placer, porque le gané mi primera partida de ajedrez.»

La cita es muy larga, pero da muchas claves sobre el carácter de Capablanca, teñido de un narcisismo tan evidente como controlado y racionalizado. Es inevitable evocar la anécdota de Mozart de cuatro años pidiendo para tocar la parte del segundo violín en un cuarteto familiar, con el enojo inicial de su padre ante el atrevimiento del niño y la emoción posterior al ver que ejecutaba la parte con toda corrección.

Es posible que Capablanca estuviera idealizando una anécdota más sencilla; pero no cabe duda de que su asombrosa intuición para descubrir los secretos del ajedrez causó máxima conmoción en la comunidad ajedrecística de La Habana, por entonces abundante y de muy buen nivel.

El coronel Capablanca comenzó a llevar a su hijo al Club de Ajedrez, y cuando el niño tenía cinco años comenzaron a anotarse sus partidas, lo que resulta muy significativo; la primera que se conserva es del 17 de septiembre de 1893, y el rival de Capablanca fue Iglesias, que le dio la dama de ventaja y fue derrotado con facilidad.

Las leyendas sobre la asombrosa destreza del pequeño y sus rápidos progresos se cuentan por cientos, y algunas son demostrablemente falsas, como la que narra cómo indicó un error de Steinitz después de una de sus partidas contra Chigorín del match de 1892; pero, como en casos similares (recordar a Mozart componiendo, supuestamente, una sinfonía con cuatro años), son verdaderas en el espíritu que describen: un niño dotado de asombrosa facilidad para una determinada disciplina intelectual.

Lo cierto es que el pequeño José Raúl realizó rápidos y espectaculares avances, y a los 11 años se batía de igual a igual con los mejores ajedrecistas cubanos. Es necesario destacar aquí la extrema prudencia y la inteligencia con la que don José María Capablanca guio el asombroso y precoz talento de su hijo, impidiendo que fuera exhibido como fenómeno de feria y dosificando su contacto con el ajedrez. El futuro campeón del mundo tuvo una niñez normal y feliz, lo que sin duda está en la base de su carácter estable y su seguridad en sí mismo.

A los 13 años Capablanca jugó un match por el Campeonato de Cuba contra Juan Corzo y Príncipe, por entonces campeón del país; el joven, pese a perder las dos primeras partidas, ganó el encuentro por 4 victorias a 3 y 5 tablas.

Aunque al año siguiente sólo quedó cuarto en el Campeonato de Cuba, ya era reconocido como el mejor jugador de la isla; en ese mismo torneo, un relativo fracaso, el muchacho de 14 años remató así su partida contra Enrique Corzo y Príncipe, el hermano de Juan, también fuerte jugador.

Posición de partida

01

Capablanca juega con las negras.

Veremos cómo resuelve esta partida

1. …, T8g8

  1. Axc5, Txg2!

Una bellísima combinación, cuya clave es bastante oculta 3. Ae3,

02

 

El alfil no puede abandonar la diagonal gl -a7 porque el negro daría mate con 3. …, Tgl+, 4. …, Axf3+, 5…Txg2+ y 6…Ad4++

3. …, Ah4

  1. Tdl, Af2!

 

¡He aquí el quid de toda la maniobra!

03

Esta elegante obstrucción decide el combate.

5.    Td7 +, Rh6

6.    6. Td5, …

Recurso desesperado, pero no hay alternativa válida

6.  …, Axe3

  • Cg5, T2xg5!
  • fxg5+, Txg5
  • Tf6 +, Rh5
  • Txe6, Axd5+

Y mate en la siguiente. Era mate directo Tgl++.

04

 

¿Ingeniero químico o ajedrecista?

 

Capablanca terminó sus estudios de bachillerato en el instituto de Matanzas, y aunque sus padres no disponían de los medios necesarios para pagarle estudios en el extranjero, su talento para las ciencias impresionó al rico hacendado Ramón San Pelayo, amigo de la familia, que decidió hacerse cargo del coste de la preparación profesional del joven en los Estados Unidos; hacia allí marchó José Raúl, con sus radiantes 16 años.

Cursó estudios en la Woodycliff School de New Jersey, preparándose para ingresar en la Universidad de Columbia, donde pensaba seguir la carrera de ingeniero químico.

Aunque sus resultados académicos no parecen haber sido malos, el joven pasaba gran parte de su tiempo en el Manhattan Chess Club, donde pronto fue reconocido como uno de los jugadores más fuertes. Por entonces, seguramente, adquirió los hábitos nocturnos que formarían luego parte esencial de su leyenda.

En 1906, a sus 18 años, tomó parte en un campeonato de partidas rápidas disputado en el Manhattan, junto a 32 jugadores de élite, entre los que se contaba el entonces campeón mundial, Emmanuel Lasker. Capablanca terminó primero, derrotando, en su primer enfrentamiento personal, a quien sería su rival histórico.

Lasker quedó gratamente sorprendido por el juego del muchacho, y alabó la exactitud y fluidez de su juego.

Capablanca ingresó en la Universidad de Columbia y cursó dos años de su carrera de ingeniero químico; pero sin duda dedicó mucho más tiempo al ajedrez que a sus estudios. Gustaba -gustó durante toda su vida- de presumir respecto de su falta de voluntad de trabajo, pero sin duda exageraba; aquellos años fueron ricos en esfuerzos y afán de perfeccionamiento.

En 1908, a sus 20 años, realizó su primera gira por los Estados Unidos, dando simultáneas y jugando partidas de exhibición.

El joven cubano comenzaba a hacerse conocer y admirar en toda la extensión del gran país americano. Pero su consagración, el verdadero inicio de su carrera internacional, se produjo en 1909; se convino un match amistoso entre Capablanca y el campeón americano Frank Marshall, por entonces en el apogeo de su prestigio. Marshall partía como favorito, aunque Lasker predijo la victoria del cubano; pero incluso el campeón mundial debió de sorprenderse ante la catástrofe de Marshall. Capablanca ganó el encuentro, que comenzó en abril y finalizó en junio de 1909, por 8 victorias a 1 y 14 tablas.

«Estoy seguro de que ningún ajedrecista ha obtenido jamás un resultado como éste a esta altura de su carrera deportiva», escribió Capablanca años después, revelando una vez más que la modestia no era uno de sus puntos fuertes. Era la hora de decidir; la disyuntiva entre el ingeniero químico y el ajedrecista se resolvió en favor de este último, y los estudios quedaron definitivamente postergados. Según una versión, por esta época los familiares de Capablanca escribieron al Dr. Lasker, preguntando por las posibilidades reales de su hijo de realizar una gran carrera ajedrecística y expresando sus temores de que el ajedrez le llevara a abandonar sus estudios de ingeniero químico. Lasker, siempre según esta versión, respondió que sin duda José Raúl sería un notable ingeniero químico, pero que como ajedrecista sería el mejor del mundo. Todo estaba ya perfectamente claro.

 

«Este joven no tiene credenciales»

La aplastante victoria de Capablanca sobre Marshall conmovió al universo del tablero; en todos los rincones del mundo comenzaron a preguntarse quién era este joven hispano, con apellido de «Commedia dell’Arte», que había sido capaz de vencer con insolente facilidad a uno de los mejores jugadores del mundo.

Lasker se declaró harto que le preguntasen por la nueva estrella, y narraba una anécdota ilustrativa: decía que, en el curso de una visita que se hizo a una escuela de Alemania como invitado de honor, los niños comenzaron a recitar, en coro, el alfabeto griego, y que al llegar a la letra «kappa» no pudo evitar dar un respingo y tuvo que refrenar el impulso de salir a la carrera.

Esta repercusión, y los buenos oficios del propio Marshall (buen amigo de Capablanca y un hombre noble, incapaz de ningún sentimiento de mezquindad o envidia), hicieron que el joven fuera invitado a participar en el gran torneo de San Sebastián de 1911, en el que jugarían algunos de los mejores ajedrecistas del mundo por aquella época.

Embarcó para Europa en el «Lusitania» y antes de llegar a la capital vasca pasó unos pocos días en Londres. Allí concedió una entrevista al periódico The Evening News que tiene gran interés, pues muestra claramente la consolidación de su narcisismo y el culto de su propio mito: «Aprendí a jugar al ajedrez antes que a leer», declaró, «pero jamás lo he estudiado. Sólo estudio ajedrez cuando juego una partida». «¿Pero no ha estudiado usted a los grandes maestros, ahora que va a enfrentarse a ellos?» -preguntó el periodista-. «No» -fue la respuesta-. «Juego al ajedrez para divertirme, y las jugadas vienen a mi mente de una manera subconsciente, supongo, mientras estoy jugando.»

Al llegar a San Sebastián Capablanca pasó por momentos amargos, que reforzaron en él, probablemente, su tendencia a la soberbia; los maestros Bernstein y Nimzowitsch protestaron por la presencia del joven cubano, y se preguntaron, con hiriente retórica, quién conocía al tal Capablanca. En particular, el primero de ellos parece haberse manifestado en forma bastante grosera, afirmando que «ese joven no tiene credenciales para jugar un torneo de esta categoría». Cuarenta años después, en 1951, el periodista y estudioso español Pablo Morán preguntó al viejo Bernstein, por entonces una reliquia del tablero (tenía 69 años y Capablanca había muerto nueve años antes), qué había realmente de cierto en aquella actitud.

Bernstein respondió que «había mucha leyenda en todo eso», pero no negó su firme oposición a que el joven desconocido jugara en dicho torneo. Fue la primera legendaria victoria de Capablanca en un torneo internacional; ganó seis partidas, empató siete y perdió sólo una, ante Rubinstein, que quedó segundo. Su venganza fue total, pues en la primera ronda derrotó a Bernstein en una formidable partida que recibió el premio de belleza.

 

Creando espejismos

Partida jugada en San Petersburgo, 1914

Blancas. Nimzowitsch

Negras: Capablanca

  1. e4, e5
  2. Cf3, Cc6
  3. Ab5, d6

La vieja defensa Steinitz, hoy en desuso sin razones claras para ello.

 

    4.Cc3, Cf6
  1. d4, Ad7
  2. Axc6, Axc6
  3. Dd3, exd4
  4. Cxd4, g6 Cxc6, …

Nimzowitsch se lanza a capturar un peón, lo que no puede criticársele; si hubiera tenido un leve atisbo de lo que iba a sucederle, habría jugado 9. Ag5, Ag7 10. 0-0-0, con ventaja.

   9. …, bxc6
  1. Da6, Dd7
  2. Db7, Tc8 Dxa7,

Las blancas no sólo han ganado un peón, sino que tienen una posición aparentemente sólida y sin debilidades. Pero la genial intuición de Capablanca le ha permitido apreciar una serie de puntos fuertes de su posición: la fuerza de la gran diagonal para su alfil, su sólida posición central y la presión que sus torres pueden ejercer por las columnas abiertas. A partir de este momento, comienza una de las exhibiciones de alto ajedrez más extraordinarias de que haya memoria.

  12. …, Ag7

  1. 0-0, 0-0

     14. Da6, …

05

Nimzowitsch, con el estómago lleno, desprecia las posibilidades de su adversario y pierde dos tiempos para regresar con su dama, lo que le resultará fatal. Mejor parece 14. f3, para seguir con Df2 y Ae3.

14. …, Tfe8
  1. Dd3, De6!
  2. f3, Cd7 Ad2,

Las blancas siguen jugando con gran conservadurismo, probablemente creyendo que tienen la partida ganada. Se imponía 17. Af4, para cambiar el caballo en e5.

17. …, Ce5
  1. De2, Cc4!
  2. Tabl, Ta8
  3. a4,

06

 

Con idea de expulsar el caballo con b3 y pensando, con razón, que después de 20. …, Axc3, Txa4 las negras recuperarían el peón, pero quedarían con grandes debilidades en las casillas negras. Pero Capablanca tiene otras ideas.

20. …, Cxd2!
  1. Dxd2, Dc4!
  2. Tfdl, Teb8
  3. De3, Tb4!
  4. Dg5, Ad4 +
  5. Rhl, Tab8 Txd4,

Este recurso defensivo, por otra parte, único ante la amenaza Axc3, no habría sido posible contra 24. … Tab8; de todas formas, la partida está totalmente ganada por las negras.

   26. …, Dxd4

  1. Tdl, Dc4
  2. h4, Txb2
  3. Dd2, Dc4
  4. Tel, Dh5!
  5. Tal, Dxh4+
  6. Rgl, Dh5
  7. a5, Ta8
  8. a6, Dc5+
  9. Rhl, Dc4!
  10. a7, Dc5 e5,

Última trampa; se amenaza Ce4, seguido de Dh6 y Cg5.

37. …, Dxe5
  1. Ta4, Dh5+
  2. Rgl, Dc5+
  3. Rh2, d5!
  4. Th4, Txa7
  5. Cdl

07

Y     Nimzowitsch, comprendiendo por fin que estaba haciendo el ridículo, abandonó sin esperar la respuesta de su adversario.

Injustamente menospreciado, Capablanca había dado la más hermosa y creativa de las respuestas de todo el torneo. Nimzowitsch, siempre fatuo y grosero, también tuvo con él palabras ácidas cuando Capablanca trató de intervenir en el análisis de una partida que el autor de «Mi sistema» acababa de jugar; éste le invitó a «no meterse donde no le llamaban»; sin duda no es casual que tanto Bernstein como Nimzowitsch fueran, desde aquel momento, víctimas favoritas del cubano, que les ganaba con insólita facilidad. A Bernstein le venció dos veces en 1914, en Moscú y San Petersburgo; esta última partida ganó otro premio de belleza, y la de Moscú tiene un remate justamente célebre.

Veamos la genial finalización.

08

Posición de partida, Juega Bernstein con blancas; su rival está amenazando tomar el caballo de b5 y apoyar su peón pasado por medio de Td8-c8, después de lo cual su victoria sería cuestión de técnica.

 

Bernstein había calculado que podía capturar este peón, pero omitió una combinación de suprema elegancia, en el estilo del gran Capa:

1.Cxc3,Cxc3 2.Txc3,Txc3 3.Txc3,Db2!!

09

Ganando por lo menos una torre.

 

En la cima

 

La irrupción de Capablanca en los primeros planos del ajedrez internacional fue una sensación; desde tiempos de Pillsbury no sucedía algo similar. Un sólo torneo había bastado para que el joven cubano fuera reconocido como el más serio rival del invencible Emmanuel Lasker. De hecho, Capablanca desafió inmediatamente al campeón del mundo a un encuentro con la corona en juego.

Pero el gran viejo (que entonces no lo era tanto: tenía 43 años) dio largas al asunto, luego estalló la Guerra Mundial y, en definitiva, el match no se disputó hasta 1921.

Después de San Sebastián, Capablanca, que se sentía bastante enfermo, volvió a Cuba y descansó casi un año; durante ese tiempo viajó una vez a Europa, pero sólo dio exhibiciones y simultáneas; se hallaba empeñado en forzar un match con Lasker, y ante las reticencias de éste adoptó una actitud suficiente y agresiva, dando a entender que el campeón mundial le temía, lo que molestó mucho a Lasker.

Por fin, en una de las cartas que se cruzaron, redactadas en inglés, el cubano usó la expresión «unfair» (poco limpio, deshonesto) para calificar la actitud de Lasker, lo que motivó una inmediata ruptura de relaciones y una hostilidad que duró varios años.

En 1913 Capablanca jugó un torneo en Nueva York, que ganó con facilidad (10 victorias, una derrota y dos tablas); en el torneo internacional de La Habana, sin embargo, organizado para que se luciera, debió conformarse con el segundo puesto detrás de Marshall, que le ganó una partida en la que estaba totalmente perdido.

Ese mismo año ganó espectacularmente otro torneo en Nueva York, con resultado ideal (13 victorias en 13 partidas), dejando por detrás a maestros de la talla de Duras; y en septiembre de ese mismo año volvió a asombrar a todos al lograr otro resultado ideal en un fuerte hexagonal. Ganó las cinco partidas y dejó en el camino a Marshall y a Duras.

 

Por entonces, el gobierno cubano le había dado un cargo diplomático moderadamente rentado, pero que le permitía viajar con tranquilidad, ahorrándose pesados trámites fronterizos.

A pesar de que Capa estaba, en aquel momento, absorbido por el ajedrez, se tomó esta designación con bastante más seriedad de lo que supusieron quienes le nombraron, pues siempre fue un hombre interesado en la política.

En aquella situación le llegó la invitación para participar en el gran torneo de San Petersburgo de 1914, que contaría con la presencia de Lasker y de los mejores jugadores del mundo.

Capablanca jugó allí un magnífico ajedrez, y sin embargo, la histórica prueba (de donde salió el título de Gran Maestro de ajedrez, concedido de forma honorífica por el zar Nicolás 11 a Lasker, Capablanca, Tarrasch, Alekhine y Marshall) se recuerda como uno de sus grandes fracasos. El torneo se jugaba a dos vueltas: una primera fase eliminatoria y una final a doble vuelta entre los primeros cinco clasificados, que fueron, precisamente, los cinco Grandes Maestros «originales» (Lasker, Capa, Tarrasch, Alekhine y Marshall). Rubinstein, uno de los favoritos, quedó por el camino, así como Nimzowitsch, Bernstein, Janovsky, Blackburne y Gunsberg.

En la fase final, faltando cuatro partidas, Capablanca tenía prácticamente el torneo asegurado, pues llevaba a Lasker punto y medio de ventaja; estaba jugando espectacularmente, y era el claro favorito. Pero Lasker era mucho Lasker, e hizo valer su fuerza deportiva y psicológica: en la partida decisiva (cuyo morbo se vio aumentado por una declaraciones levemente despectivas del campeón mundial hacia su nuevo rival, del que dijo que «se esperaba tal vez demasiado» y que «era sencillo de vencer»), Lasker debía ganar casi forzosamente si quería aspirar al primer puesto; escogió entonces, sorpresivamente, la variante del cambio de la Española, que ofrece a las negras excelentes perspectivas de tablas, pero exige jugar de forma activa. Capablanca, presionado por su privilegiada posición en la tabla, no lo hizo, practicó un ajedrez conservador y Lasker le aplastó en una partida memorable.

Profundamente herido en su amor propio y desmoralizado temporalmente, Capa cometió un grave error contra Tarrasch, en la siguiente partida, y también perdió; Lasker ganó el torneo con 13,5 puntos contra 13 de su rival.

Tratándose de dos hombres de gran nobleza y que se admiraban mutuamente, no es de extrañar que, en la cena de clausura, hicieran formalmente las paces, reiniciando las negociaciones para la disputa del título mundial.

Los años siguientes fueron los de la Primera Guerra Mundial, y la actividad ajedrecística internacional se vio notablemente disminuida; Capablanca pasó largas temporadas en su patria y en Nueva York, dedicó bastante tiempo a sus responsabilidades diplomáticas y disputó unos pocos torneos, ganándolos todos.

Finalizada la contienda, inició su célebre etapa de invencibilidad: entre 1918 y 1924 no perdió ninguna partida, récord hasta el momento inigualado. Por entonces, era el campeón mundial «in pectore», y el propio Lasker manifestó su voluntad de renunciar al título y traspasárselo a Capablanca, a quien reconocía como el mejor jugador del mundo.

Por supuesto, éste no aceptó dicha renuncia, y siguió gestionando el encuentro que le permitiría lucir la corona sin mácula alguna. En 1919 ganó de manera espectacular el gran torneo de Hastings, con 10 victorias y un solo empate, sin derrotas, y comenzó a prepararse para el encuentro con Lasker; éste se disputó finalmente en 1921, en La Habana, en condiciones muy favorables al desafiante. Lasker no estaba terminado, ni mucho menos, como demostrarían actuaciones posteriores; pero sin duda, atraído por otros aspectos de su intensa vida intelectual, había perdido el interés en mantener el título que ostentaba desde hacía más de 25 años, y no presentó una lucha como la que se esperaba.

El encuentro, que comenzó en marzo de 1912, fue un paseo para Capablanca: cuatro victorias y diez tablas, sin derrotas. Aunque faltaban diez partidas (el match estaba pactado a 24), Lasker abandonó el encuentro y el título; Cuba festejó, aquella noche de mayo de 1921, la conquista del Campeonato del Mundo de Ajedrez por parte de su compatriota, a quien gran parte del tablero internacional consideraba el mejor jugador del mundo desde 1911.

 

Campeón mundial

 

Capablanca conservó el título entre 1921 y 1927, sin defenderlo ni una sola vez. Fueron los años en que creció y se desarrolló el mito, al tiempo que el jugador llegaba a su apogeo y comenzaba, sin que nadie -salvo Alekhine- se diese cuenta, su declive.

Era la «máquina perfecta», el jugador sin errores, el invencible; y, al mismo tiempo, el hombre de mundo, el mujeriego empedernido, el amante de los buenos vinos y el buen yantar, el que se iba de juerga la noche anterior a la partida mientras su rival se quedaba en su habitación preparándose concienzudamente y salía después derrotado y humillado. Capa no creaba estas versiones, pero sin duda le halagaban y contribuía a difundirlas; además, más allá de las exageraciones, reflejaban bastante la verdad.

No abusaba de la bebida ni fumaba, pero gustaba de trasnochar y disfrutar de agradable compañía. Y, en efecto, tenía rasgos de irresponsabilidad frente a su profesión, y puede suponerse con fundamento que llegó a convencerse de que era invencible.

Durante los seis años en que fue campeón del mundo nadie hubiera osado sugerir que había en el mundo alguien capaz de derrotarle. Ganó casi todos los torneos en los que participó (que fueron pocos), con la notable excepción de nueva York de 1924 (el último gran triunfo de Lasker, torneo en el que perdió su invencibilidad de ocho años al caer derrotado ante Reti) y Moscú de 1925, una modesta tercera plaza.

En aquellos años se casó (con Gloria Beautucourt, en 1921) y escribió su famoso tratado pedagógico «Fundamentos de ajedrez» (Chess Fundamentals, 1921), un excelente libro que sigue siendo de gran utilidad para estudiantes por su claridad de conceptos y exposición. Una severa autocrítica (contiene seis de las 10 partidas oficiales que había perdido hasta entonces en torneos internacionales) se da la mano con una soberbia que a veces resulta casi infantil:

«Mi adversario debió haber considerado -dice, en el comentario de una jugada- que un jugador de mi categoría y experiencia no hubiera permitido una jugada así, si fuera buena.»

Por otra parte, y aunque sus resultados seguían siendo incomparables, su juego había perdido frescura y se había vuelto más seco, basado fundamentalmente en su prodigiosa técnica. Por supuesto, en aquellos años nadie se hubiese atrevido a decir una cosa así, con la excepción de Alekhine, que analizó en un célebre artículo de 1927 las debilidades del juego de su gran adversario. En 1927 el mundo ya consideraba escandaloso que Capablanca no hubiese puesto en juego su título, aunque muy pocos creían seriamente que podría perderlo; entonces, se organizó el gran torneo de Nueva York de 1927, cuyo ganador adquiriría oficialmente el carácter de desafiante, con el acuerdo del propio Capablanca.

Si dicho ganador era éste, la dignidad pasaría al segundo clasificado. Fue uno de los más impresionantes triunfos de Capablanca, que se paseó virtualmente por los tableros; 8 victorias y 12 tablas, sin derrotas, superando a Alekhine, Marshall, Spielmann, Vidmark y Nimzowitsch. Aunque hubo en la nómina de invitados sensibles ausencias (Lasker y Rubinstein las más claras), la superioridad de Capablanca fue tan grande que sólo Alekhine creía en sus posibilidades de victoria para el match que su segundo puesto le habilitaba a disputar. Spielmann, entusiasmado, afirmó que «Capablanca es invencible cuando está en la forma en que estuvo en el torneo de Nueva York. Alekhine no ganará una sola partida en el match por el título».

Hacer pronósticos tan tajantes siempre es peligroso, y esta vez no se produjo la excepción.

 

Derrota y caída

 

Alekhine y Capablanca se habían conocido en el torneo de San Petersburgo del 14 y habían establecido una estrecha amistad; las excelentes relaciones comenzaron a deteriorarse cuando Alekhine se convirtió en aspirante al título mundial y criticó, dura, pero acertadamente, la evolución del juego del campeón. El match de Buenos Aires les convertiría en enemigos.

El encuentro por el título se disputó en la pujante Argentina de finales de los años 20, en la capital, entre el 16 de septiembre y el 30 de noviembre de 1927. Hay toda una leyenda en torno a este enfrentamiento, uno de los que ha despertado más pasión en toda la historia del ajedrez. Alekhine se preparó con todo cuidado, llegó a Buenos Aires con anticipación, escogió como ayudante al maestro argentino Roberto Grau y llevó una vida personal intachable, que incluyó una dieta adecuada y ejercicios físicos; Capablanca se comportó como siempre, fue visitante asiduo de los lugares nocturnos y hasta es fama que asistió a jugar una aplazada con ropas de tenis y raqueta en la mano.

El match fue monótono (casi todas las partidas fueron ortodoxas) y técnicamente objetable, pero tuvo una extrema tensión.

Alekhine ganó la primera partida, pero pronto el campeón creó el espejismo de una fácil victoria al ganar dos juegos (el 3° y el 7°); pero el desafiante ganó el 9° y el resultado del encuentro volvió a ser incierto.

A medida que la lucha fue avanzando, la inquebrantable fuerza de voluntad de Alekhine fue marcando diferencias, y terminó ganando claramente por 6 victorias a 3, en 34 partidas. Capablanca no se rindió ante el tablero, sino que lo hizo a través de un corto y cortés telegrama, en el que felicitaba al nuevo campeón.

Era el fin de una leyenda y el comienzo de otra; si Capablanca llegó a ser considerado invencible, alguien llegó a proponer, a principios de los años 30, que se crease una categoría especial para Alekhine, por ser algo así como un jugador de otra galaxia.

Capablanca añoró mucho «su» título (siempre lo llamaba así) e hizo ingentes esfuerzos para lograr una revancha que Alekhine eludió de una forma que se aproximaba mucho al cinismo; a pesar de que siguió jugando un alto ajedrez y ganando muchos torneos, su juego comenzó a parecer, a los mismos que antes le alababan hasta el ridículo, frío, poco inspirado y ramplón.

Entre 1927 y 1936, año de su gran reaparición en los primeros planos, Capablanca jugó 14 torneos, de los que ganó siete y quedó segundo en cinco, lo que no está nada mal; pero el mito había muerto, y se le miraba como un fuerte maestro más, a la par de muchos otros. Alekhine, endiosado a su vez y muy hostil a su antiguo amigo, llegó a declarar que Bogoljubov era para él un rival mucho más peligroso que el ex campeón. Spielmann declaraba, como si hubiera descubierto la pólvora, que «Capablanca es un ajedrecista con todos los defectos y debilidades humanas», y Nimzowitsch, con lamentable mezquindad, se atrevía a criticar duramente su juego y a ofrecerle consejos, a pesar de que sus resultados contra él eran catastróficos.

Capablanca parecía incluso haber perdido interés en el juego, y su única motivación era la anhelada e imposible revancha.

Con más de 40 años, comenzó a padecer problemas de hipertensión y a decaer físicamente. En 1934 se casó por segunda vez, con Olga Clark, y vivió a caballo entre Cuba y Nueva York.

Cuando se le consideraba prácticamente acabado, el gran Capablanca reapareció, radiante, para obtener los últimos y tal vez más importantes triunfos de su vida.

 

Los últimos destellos

 

El torneo de Moscú de 1936 significó la presentación en sociedad de la nueva generación de ajedrecistas soviéticos, con Botvinnik y Flohr a la cabeza; representaban una forma más científica y moderna de entender el ajedrez, y eran los innegables favoritos. Los viejos Lasker y Capablanca eran considerados poco más que un adorno de otras épocas, y se pensaba que poco podían hacer ante los nombrados más Loévenfish, Riumin, Kan, Lilienthal, Ragozin y Eliskases.

Pues bien, ante el asombro de todos José Raúl Capablanca se adjudicó el torneo de forma impecable, con 8 victorias y 10 tablas, en calidad de invicto.

Ganó, además, sus dos partidas más importantes, contra el ayer y el mañana: Lasker y Botvinnik.

¿Fue una golondrina de verano, un espejismo? Ese mismo año se disputó el torneo de Nottingham, uno de los más fuertes de la historia: el nuevo campeón mundial Max Euwé, 1os ex campeones Lasker, Alekhine y Capablanca, el futuro campeón Botvinnik, Sammy Reshevsky, Vidmar y Tartakower y los británicos Thomas, Winter y Alexander. Capablanca se adjudicó esta impresionante prueba, empatado con Botvinnik, con un juego fresco y lleno de ideas que recordaba el de su juventud.

Ganó 7 partidas, empató 6 y perdió sólo una (contra Flohr); además, se dio el gusto de vencer en su encuentro personal a Alekhine. Una vez más estaba en la cima, y obligaba a que se le viera como uno de los más firmes aspirantes al título mundial. Fueron, sin embargo, sus dos últimas victorias de importancia. En 1938, obtuvo el peor resultado de su historia en el torneo AVRO, que ganaron Fine y Keres empatados; Capablanca quedó penúltimo. A partir de ese momento, y ya muy afectado por sus crecientes problemas de tensión, jugó muy poco; en las Olimpiadas de Buenos Aires de 1939, defendiendo el primer tablero de Cuba, cumplió una actuación excelente, y recibió la medalla de oro al primer tablero.

El estallido de la guerra volvió a interrumpir el ciclo de ajedrez internacional, y Capablanca ya no volvió a jugar torneos. El día 7 de marzo de 1942 fue, como era su costumbre, al Manhattan Chess Club, y mientras analizaba una posición con unos amigos, sufrió un ataque y debió ser ingresado urgentemente. Falleció a la mañana siguiente, a los 53 años, en el hospital Mount Sinaí, donde había muerto un año antes Emmanuel Lasker.

«Fue el genio más grande que el ajedrez ha tenido ni tendrá jamás.» El epitafio es, nada más ni nada menos, que de Alekhine.

 

La difícil sencillez

Capablanca no se propuso ser, como Steinitz, Nimzowitsch o Reti, un investigador de posibilidades, un innovador revolucionario ni un profundo pensador sobre la esencia filosófica del juego; se limitó a aplicar lo que se conocía, con insuperable perfección.

Pese a ello, en la propia aplicación de los principios aceptados, llegó a conclusiones personalísimas, y dejó notables reflexiones sobre la estrategia del juego. Su habilidad para simplificar las posiciones y dejar, descarnadamente, sólo aquellos elementos que constituían su ventaja, significaba una visión, no por aparentemente simple, menos innovadora sobre cómo desarrollar una partida de ajedrez. El genial cubano lo expresaba con una metáfora feliz: «Hay que eliminar -decía- la hojarasca del tablero. Capablanca dio una importancia excepcional a los elementos dinámicos de la partida, lo que también le diferenció claramente de los maestros clásicos de su tiempo; el análisis estático derivado de los principios de Steinitz fue trascendido por el vencedor de Lasker (aproximándose, en esto, a los híper modernos) a través de una visión dinámica del juego, que daba una importancia excepcional a la actividad de las piezas y a la coordinación interna de la posición. Aquí estuvo la clave de sus extraordinarias victorias; su ajedrez era mucho más moderno que el de la mayoría de sus coetáneos, y esto se evidenció también en la importancia que concedía a la iniciativa. A veces forzaba un ataque ganador, y otras «eliminaba la hojarasca del tablero» (cosa imposible de hacer si no se dispone de una fuerte iniciativa) y llegaba a un final favorable. También aportó elementos importantes a los conceptos de ataque y defensa; él, tantas veces acusado de jugar un ajedrez cerebral y frío, reivindicó la importancia del ataque (un aspecto de la iniciativa) y afirmó, escandalizando a muchos, que la defensa debía realizarse sin temores y con el mínimo material posible: «Hay ajedrecistas -declaró en una ocasión a los que asusta cualquier ataque, sea contra un peón, contra una pieza o, especialmente, contra el rey; y para contrarrestar este ataque movilizan todas sus piezas. Esto es un error, pues el rey debe defenderse con el mínimo de piezas que sean necesarias; éstas deben emplearse masivamente, en cambio, cuando se ataca al rey adversario.» Estos conceptos, sin duda in novadores, no contradecían, sino que desarrollaban los presupuestos de Steinitz y Tarrasch hasta entonces aceptados. Por eso, el juego de Capablanca parece tan sencillo, cuando en realidad es extraordinariamente profundo. El juego de Capablanca, sus maniobras y combinaciones, parecen sencillas porque obedecen a ideas claras y apuntan a lo más profundo; en realidad significan, unas y otras, la plasmación de lo más hondo y difícil que el espíritu humano es capaz de crear, la difícil sencillez de lo genial.

 

ENTREVISTA CON CAPABLANCA

enviado por el Dr. Orlando Valdéz

Por Oleg Riss

El gran ajedrecista cubano llegó inesperadamente a Leningrado el 20 de noviembre de 1925. Vino sólo por un día en el intervalo durante dos rondas del primer Torneo Internacional de Moscú.

Ahora es difícil que alguien pueda explicar qué obligo al Campeón del Mundo a este arriesgado viaje que le costó la siguiente derrota en el torneo. es posible que las emociones dominaran sobre el cuidado y el razonamiento tan característico en él. Lo más probable es que Capablanca sobreestimó sus fuerzas y cedió a las peticiones de algunos de los ajedrecistas leningradenses, deseosos de ver en su ciudad al Campeón del Mundo como había visto el año anterior a su antecesor Emanuel Lasker. ¿O puede ser que él hubiera querido ver de nuevo la ciudad en la que 11 años atrás pasó algunos meses en calidad de funcionario del consulado cubano, y después, como participante del torneo de Petersburgo?

Sobre la decisión de Capablanca, tomada en el último momento, se tuvo noticia en el club de ajedrez de Leningrado. Hasta el encuentro con el Campeón quedaban unas horas. Era necesario preparar el salón para la simultánea y advertir por teléfono a los círculos ajedrecísticos de la ciudad. Se trasmitía una información muy escueta: “Mañana a las tres de la tarde Capablanca jugará en el salón (de Beethoven) de la Filarmónica. A usted se le han separado tantos billetes.” El autor de estas líneas se convirtió en poseedor de uno de estos billetes.

Por la mañana abrí los periódicos y no encontré la menor nota sobre este hecho. Era imposible pensar que en el lugar de la lucha ajedrecística no estuvieran ni el “jefe” de los reporteros leningradenses N. Olshansky, quien siempre se aparecía primero con un enorme aparato en un trípode, ni el experimentado y conocedor B. Demohinsky, excelente periodista, quien había publicado un tratado filosófico sobre el ajedrez titulado por el “La tragedia del pensamiento limpio”, ni el reportero de muchos periódicos leningradenses M. Dvinsky. Como se veía, “el bostezo”, común en el tablero. ¡También era posible en la práctica periodística!

En aquellos años, ya lejanos, la mitad de mi corazón pertenecía al ajedrez, y la otra mitad la prensa. Tomando parte en el círculo del club bajo la dirección de P.A. Romanovsky yo, al mismo tiempo, dedicaba todo mi tiempo libre la edición del periódico para los periodistas, “Enroque”. Me vino a la cabeza una idea genial: “ya que el soñado billete me da la posibilidad de ver al gran Capablanca, ¿por qué no obtener una entrevista para el periódico?

Aquel memorable día de otoño las puertas de la Filarmónica de Leningrado se abrieron muy temprano. En el centro de la Sala Pequeña estaban dispuestas en arco 3 decenas de mesas de ajedrez. Mucho antes de la llegada de Capablanca se sentaron en ellas los osados leningradenses de primera categoría. Sólo dos participantes eran la excepción el escolar de 14 años Misha Botvinnik y la única mujer entre los participantes, I. Tijomirova, representante de la Unión de Trabajadores artísticos. En aquel tiempo una mujer era una rareza y al parecer, con esta “jugada inesperada”, las organizaciones querían, sino cortar a Capablanca, por lo menos plantearle un problema.

A decir verdad, yo no sabia cómo hallaría el momento de dirigirme al Campeón del Mundo, qué preguntas hacerle, y lo principal, cómo Capablanca las entendería sin el traductor. Por eso yo, como todo periodista novato, esperaba que la buena Caissa me enviara un hada, que yo supiera por lo menos uno de los idiomas que entendía el rey del ajedrez. Y el hada buena se presentó en la persona del redactor de la “Hoja Ajedrecística” S.O. Vainshtein. ¡Qué felicidad! ¡Quién si no el antiguo presidente de la sociedad Ajedrecística de Petrogrado y uno de los organizadores del torneo de 1914, más que otro conocido de Capablanca! Pero cuando me dirigí a él y le conté mi idea.

Samuel Osipovich se encendió:

– ¡Se ha vuelto loco, joven! Ninguna entrevista. Usted no entiende que después de la simultánea Capablanca estará muy cansado y muy apurado para el tren. Y mirándome, dijo irónicamente en tono tranquilo: “No piense que además de usted no hay nadie en esta sala capaz de hacerle una entrevista al Campeón del Mundo… ¡Guarde su bloc de notas y no se atreva a acercarse a Capablanca a más de diez pasos!

Esta conversación fue interrumpida por una explosión de aplausos. Los reunidos saludaban la aparición de Capablanca.
José Raul Capablanca.

Acompañaba al Campeón en calidad de traductor el director del club de Ajedrez A. Shvarts, con quien viajaba su esposa, la conocida bailarina E. Liukom, la cual se había hecho famosa con su interpretación de la escena principal del ballet de Glier “La Amapola Roja”. Muy pequeña, muy elegante y fina, parecía como si se perdiera entre los hombres.

Cuando callaron los aplausos de la mesa cercana se elevó el profesor de la Universidad de Leningrado A.Smirnov. Cuántos idiomas él sabía se podían adivinar por la cantidad de traducciones que se publicaban bajo su redacción. Él fue el primero que presentó a los lectores el libro de José Raúl Capablanca “Mi Carrera Ajedrecística” Aleksandr Aleksandrovich conocía al genial cubano desde 1914, cuando se lo encontró durante su trabajo como bibliotecario en la Sociedad de Ajedrez de Petersburgo. Y así, en el silencio de la sala sonó su voz “¡Campeón del Mundo”!

Capablanca oyó el largo discurso hecho en el idioma de su país con una expresión tranquila. Pero se veía que estaba emocionado. Le dijo algo a su acompañante y aquel tradujo: Capablanca agradece el saludo y pide comenzar el juego.

Habría falta no poco espacio para describir la dramática lucha entre el mejor ajedrecista del mundo y la flor de la guardia ajedrecística de Leningrado. No pasaron dos horas cuando estuvo claro que Capablanca, acostumbrado a vencer en torneos y simultaneas, encontraba una resistencia inesperada. Al principio pasaba seguro el arco de las mesas, pero después con más frecuencia y con más tiempo se detenía en una mesa o en otra.

Un año antes, después de su sensacional derrota frente a Ricardo Reti en el Torneo de Nueva Cork, se oyeron conversaciones de que en el juego del cubano habían aparecido “grietas”. En esta simultánea donde Capablanca perdió 4 partidas y entablo 8 las grietas fueron no pocas. y el imbatible y voluntarioso Capablanca tembló. Le dijo algo en ingles a Shvarts. Aquel asintió, y anuncio a media voz.

-¡Capablanca pide hacer un receso de diez minutos!

Acompañado del traductor y dos o tres personas más el Campeón del Mundo abandonó la sala.

Los espectadores rodearon a los participantes de la simultánea y comenzaron a hablar anonadadamente, como si se recompensaran por el largo silencio. Cada uno proponía una variante. Entonces decidí que su majestad la casualidad me había enviado la única posibilidad de obtener de Capablanca, si no una entrevista completa, aunque fuera unas frases para nuestro gran periódico “Enroque”. Y temiendo encontrarme con Vainshtein, me acerqué con cuidado a la puerta tras la cual se oculto Capablanca.

El Campeón estaba cansadamente sentado en un sofá rojo. Ante él, en la mesa, había un vaso de té fuerte. Andrei Andreievich Shvarts se paseaba de un lado a otro de la habitación. Sorprendido por la llegada de una persona ajena, el “guardaespaldas”  del Campeón preguntó severamente:

– ¿Y qué hace usted aquí?

Un poco perdido, comencé a contar con calor qué magnifico era el periódico “Enroque” qué preciosos artículos escribían para él Romanovsky, Kubbel, Duz-Jotimirsky, y así, si el Campeón del Mundo está de acuerdo, entonces…

Virándose hacia la puerta, Capablanca escuchó este monologo. Llamó a Andrei Andreievich y le hizo una pregunta. Oyendo la explicación levantó las cejas, se sonrió sorprendido, y haciendo una rareza se mostró simpático y asequible. Incluso intentó la palabra “enroque” y se vio cuando ella sonó muy altamente.

-Bueno, amigo, su asunto está en el sombrero (N. del T. –Usted tiene buena suerte) dijo alegremente Andrei Andreievich: -Deme su bloc…

Casi sin pensarlo Capablanca escribió algunas líneas.

-Parece que es hora de continuar la simultánea, dijo Andrei Andreievich, y junto con Capablanca, se dirigió a la puerta. A mi no me quedaba otra cosa que cerrar la procesión. Esta adición en la corte del rey del ajedrez no pasó inadvertida. Y si en las caras de los compañeros del círculo sólo se refleja la sorpresa, en la cara de Vainshtein casi leí mi pena de muerte. Cuando pasé a su lado, Samuel Osinovich me dijo con enfado:

-¡Pichón! ¡Muchacho! ¿Cómo se atrevió usted?

Me tomo por la manga, y ya más tranquilo, me pregunto:

-¿Qué obtuvo de Capablanca?

Leyendo la nota en el bloc, Samuel Osinovich me dictó ahí mismo la traducción.

Capablanca escribió que estaba contento de estar nuevamente en la ciudad que tan bien recordaba de sus años jóvenes, agradecía a los ajedrecistas de Leningrado por el caluroso recibimiento, y expresaba el deseo de que “el ajedrez obtuviera en el mundo la misma popularidad que tenía el fútbol en muchos países”

Estas líneas fueron publicadas en el siguiente número de “Enroque”

El autor guardó cuidadosamente durante cerca de 20 años, y a mediados de 1944 lo regaló como muestra de agradecimiento a un compañero del frente, coleccionista de autógrafos.

MOSCU 1925

1 Bogoljubow, Efim 15.5
2 Lasker, Emanuel 14.5 151.00
3 Capablanca, José Raúl 14.5 150.00
4 Gruenfeld, Ernst 13.5 136.50
5 Marshall, Frank James 13.5 133.75
6 Romanovsky, Peter Arsenievich 13.0
7 Tartakower, Saviely 12.0 125.25
8 Torre Repetto, Carlos 12.0 123.50
9 Reti, Richard 11.5 122.75
10 Rubinstein, Akiba 11.5 112.50
11 Rabinovich, Ilya Leontievich 11.0
12 Ilyin Zhenevsky, Alexander 10.5 108.75
13 Spielmann, Rudolf 10.5 107.75
14 Bohatirchuk, Fedor Parfenovich 10.0
15 Levenfish, Grigory 9.5 99.75
16 Verlinsky, Boris 9.5 99.00
17 Saemisch, Fritz 9.0
18 Yates, Frederick 8.5
19 Gothilf, Solomon Borisovich 8.0
20 Dus Chotimirsky, Fedor I 6.5
21 Zubarev, Nikolay 5.5

Saludos,

Lenin Delgado

Ajedrez.cu

Nueva biografía de Capablanca

por Juan Sebastián Morgado

25/11/2015 – Se trata de una notable reedición ampliada de Capablanca, leyenda y realidad, en dos tomos, premiada por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, cuya primera edición había visto la luz en 1978. Durante los siguientes treinta y siete años el autor fue acumulando pacientemente nuevos materiales, incluso viajando por varios países. Informe por Juan Morgado…

 

Nueva biografía de Capablanca

Capablanca, a chess biography, Miguel Ángel Sánchez, McFarland & Company Publishers, agosto de 2015, Jefferson, North Carolina, U.S.A. Prólogo por Andy Soltis, 568 páginas, edición de lujo en tapa dura. En idioma inglés.

Contiene 18 capítulos, un prólogo, un prefacio, un epílogo, dos apéndices, notas a los capítulos, bibliografía y cinco diferentes índices, que facilitan su consulta. Posee numerosas ilustraciones, partidas comentadas, cuadros de posiciones, fotografías inéditas e incluso documentos médicos sobre la salud del ilustre ajedrecista.

Luego de sufrir un exilio de treinta años, en 2013 el autor pudo volver a su amada Cuba. Allí prosiguió su labor de investigación, brindó conferencias y donde se prepara una edición resumida gratuita para sus connacionales que posiblemente sea publicada el próximo año 2016.

En el prólogo, Soltis se pregunta por qué continuamos hoy día siendo fascinados por Capablanca, y la respuesta que encuentra es que “ninguno podrá contestar esa cuestión, pero con cada nuevo libro nos damos cuenta de que nuestro interés sobre él es recompensado”.

La obra comienza con “Habana, Eldorado del ajedrez”, donde reseña la actividad ajedrecística en Cuba, especialmente desde 1862, incluyendo las visitas de Morphy en 1862y 1864, hasta el final del Siglo XIX, que culmina con los matches por los campeonatos mundiales Steinitz-Chigorin de 1889 y 1892. Luego se adentra en las enormes vicisitudes de los orígenes de la familia Capablanca (Tadeo’s Saga), un campo inédito que revela una historia no contada hasta hoy en ningún texto. Luego prosigue en la trayectoria de Capablanca como niño prodigio hasta 1906 y a la posibilidad apuntada por el autor de que quien realmente enseñó a jugar ajedrez a Capablanca fue el general español jefe de su padre. Aquí, otra vez, Sánchez abre nuevas rutas en caminos ya conocidos.

Los capítulos siguientes 4 al 6, Campeón de las Américas, El hijo pródigo y El nuevo conquistador, contienen la trayectoria de Capablanca tras su inobjetable triunfo sobre Frank J. Marshall en 1909, su debut en el ajedrez mundial con su sorprendente triunfo en San Sebastián, al cual fue invitado por un misterioso mecenas, su compatriota Manuel Márquez Sterling, un hecho revelador pero olvidado pues ya desde 1978 Paulino Alles Monasterio lo dio a conocer en su libro sobre el match Capablanca-Alekhine de 1927. También incluye su viaje a la Argentina en 1911, hasta los torneos de Nueva York 1913, donde otra vez supera a Marshall, Habana 1913, donde ocupa el segundo lugar detrás de Marshall, y el del Rice Chess Club Tournament New York, donde gana las once partidas disputadas.

En los capítulos 7 y 8, Tras los pasos de Morphy y Un rey en espera, tratan acerca de la obsesión de Capablanca por seguir los pasos de Morphy, y se refiere a los grandes torneos jugados por Capablanca en el período hasta 1919, entre ellos el de San Petersburgo 1914 grupos preliminar y final, donde finaliza segundo de Lasker y por sobre Alekhine; de Nueva York 1915 donde vence delante de Marshall y otros; el Rice de 1916, grupos preliminar y final, en los que supera ampliamente a Janowski; el del Manhattan Chess Club de Nueva York 1918, donde ocupa también el primer lugar, delante de Kostic, Janowski y otros; el de Hastings 1919, donde también vence con el aplastante score de 10½/11. Incluye también el viaje de Capablanca a la Argentina en 1914, donde debió quedarse durante cuatro meses debido a la intensa demanda de exhibiciones, conferencias y simultáneas.

El capítulo IX está dedicado a describir en detalle los entretelones del match por el título mundial en el que Capablanca venció a Lasker en La Habana 1921. Contiene una serie de notables documentos inéditos acerca de las tramitaciones del encuentro.

En los capítulos X al XIII, El rey coronado, Resbalones en la cumbre, Más desafíos y nuevos triunfos, y el Campeonato Mundial de 1927,  además de su victoria en el súper-torneo de Londres 1922 (delante de Alekhine, Vidmar, Rubinstein, Tartakower, etc.), su tercer puesto en el súper-torneo de Moscú 1925 (detrás de Bogoljubow y Lasker) y sus triunfos en Lake Hopatcong 1926 y Nueva York 1927 (nuevamente delante de Alekhine), se agregan documentos sobre curiosas publicidades de Capablanca realizadas en diarios cubanos (la “Tropical en cervezas” y “Tome Ud. Trimalta y ganara también en salud y vigor”), y cartas intercambiadas con dirigentes de Buenos Aires para tramitar el match del interminable encuentro de 34 partidas.

El capítulo XIV (El eterno desafiante) trata acerca de las infructuosas gestiones para obtener la revancha con Alekhine, en tanto obtiene el segundo lugar en los súper-torneos de Bad Kissingen 1928, Carlsbad 1929 y Hastings 1930/31, las victorias en Budapest y Berlín 1928, en el súper-torneo de Budapest 1929, en Barcelona 1929, en Hastings 1929/30, Nueva York 1931 y su match con Euwe en 1931. En la página 352 incluye una atractiva caricatura satírica de Capablanca aparecida en un diario cubano, referida a la cantidad de tablas producidas en el match de 1927.

Los capítulo XV, XVI y XVII, Intermedio hacia el crepúsculoSonriendo nuevamente, y El matador silencioso, se refieren a un período de cierta decadencia de Capablanca, como por ejemplo su cuarto lugar en los súper-torneos de Hastings 1934/5, detrás de Euwe, Thomas y Flohr; y Moscú 1935, detrás de Flohr, Botvinnik y Lasker; su segundo puesto en Margate 1935, detrás de Reshevsky; y su posterior éxito en los súper-torneos de Moscú 1936, delante de Botvinnik, Flohr, Lasker y otros; y de Nottingham 1936, igualado con Botvinnik y delante de Fine, Reshevsky, Alekhine, etc. También se mencionan las actuaciones en Semmering-Baden 1937 (tercero/cuarto) y París 1938 (primero), finalizando con su desastroso penúltimo lugar en el AVRO Holanda 1938, donde finaliza detrás de Fine, Botvinnik, Euwe, Reshevsky y Alekhine, y solamente delante de Flohr, un torneo en el cual Capablanca participó pese a la advertencia de su médico personal de que no asistiera “pues incluso podía morir”, como consecuencia de su alta y desajustada presión arterial.  Los numerosos datos acerca del delicado estado de salud del maestro son otro importante aporte del libro.

EL capítulo XVIII y último, La última reverencia y el Epílogo, tratan sobre los avatares que vivió Capablanca en sus últimos años (1939/42), incluido el Torneo de las Naciones de Buenos Aires 1939, la frustración de la revancha con Alekhine, sus últimas exhibiciones en La Habana 1941 y su fallecimiento en Nueva York el 8 de marzo de 1942, con el agregado de un reportaje a su última esposa, Olga Capablanca-Chagodaef, que falleció el 24 de abril de 1994 a la edad de 95 años.

El Apéndice I contiene la serie de notas publicadas por Capablanca en Crítica bajo el título de “Cuatro grandes predecedores”, en 1927. El Apéndice II se refiere a la enfermedad de Capablanca que lo llevó a la muerte, incluyendo documentos médicos. Finalmente se agregan cuatro índices: de imágenes, de rivales, de aperturas y general.

En resumen, se trata de una obra biográfica notable y altamente documentada acerca del campeón mundial cubano Capablanca, invencible frente al tablero en sus tiempos gloriosos. Puede adquirirse por un costo de U$S 55 en las páginas digitales de Amazon.com, Barnes & Noble y otras.

DVD del catálogo ChessBase

El DVD en la tienda de ChessBase

Juan Sebastián Morgado, autor

127 aniversario de Capablanca

por Uvencio Blanco Hernández

19/11/2015 – “Recuerdo que en 1988, entrevistado en un programa deportivo en Venezolana de Televisión (VTV), por don Roberto Ribeiro a quien se le conocía en el medio como la Biblia del Boxeo, me hizo una pregunta que me dejó perplejo: ‘¿quién es el único campeón mundial de ajedrez nacido en una cárcel?'”, comenta Uvencio Blanco, recordando anécdotas del gran jugador…

Algunas anécdotas

Con motivo a los primeros 127 años del gran Capablanca

Medio en broma y medio en serio, Ribeiro me dijo: José Raúl Capablanca y Graupera; a lo cual añadió: Capablanca nació en una casona llamada “El castillo del príncipe” una antigua prisión de tiempos de la colonia española que fuera adquirida por su padre José María Capablanca, a la sazón oficial del ejército español.

El nombre de la referida residencia y como admirador de los logros deportivos de Capablanca, estimuló en mí la idea de escribir un libro de divulgación que llevaría este sugerente título “El castillo del príncipe”.

Por cierto, el 19 de noviembre de ese mismo año y en el marco del centenario del nacimiento de Capablanca, tuvimos la oportunidad de arbitrar junto al maestro Julio Bolbochán y Rafael Tudela Reverter, ambos fallecidos, un match por télex desde las oficinas de Prensa Latina en Caracas, entre el entonces campeón mundial juvenil el gran maestro Walter Arencibia (CUB) y el fuerte maestro nacional Juan Carlos Urbaneja (VEN), evento que terminó tablas.

También recordamos una anécdota del gran maestro cubano quien además, era conocido por gozar de muy buen sentido del humor; un poco ácido, en ocasiones propio de angloparlantes. Esta anécdota fue divulgada por el maestro Andy Soltis quien sostuvo que “poco después de que Capablanca se convirtiera en el tercer campeón del mundo, el maestro Znosko-Borovsky publicó un folleto en el cual presentaba partidas en los que aparecían algunos de los errores de Capablanca. Interrogado sobre este tema, Capa dijo que esperaba algún día escribir un libro titulado “Movimientos correctos de Znosko-Borovsky”, pero, afirmó que, “desafortunadamente, no tuvo éxito en la búsqueda de material para ello”.

Evidentemente este tipo de reacciones indicaba que Capablanca tenía una autoestima deportiva elevadísima, seguramente soportada en sus incontrastables triunfos sobre el tablero. De hecho su nivel de juego era tal que al aplicar la metodología del doctor Arpad Elo, su promedio alcanza los 2725 puntos; un valor que lo colocaría entre los mejores 25 jugadores de la actualidad según el rating FIDE del mes de noviembre.

A vuelo rasante vale señalar que en toda su carrera solo perdió 35 partidas oficiales; esto es cerca del 6% de las mismas. Y en un segmento muy importante de su carrera, que incluye el gran torneo de Londres de 1922 y el match por el campeonato del mundo contra Lasker, Capablanca permaneció invicto durante más de ocho años; exactamente desde el 10 de febrero de 1916, cuando perdió desde una posición superior contra Oscar Chajes; hasta el 21 de marzo de 1924, cuando inclina su rey ante Ricardo Réti en el Torneo Internacional de Nueva York. Hablamos de un récord de 63 juegos consecutivos.

Adicionalmente debemos señalar que Capablanca participó en más de 20 torneos de alto nivel donde ganó o compartió 15 primeros lugares y 9 segundos puestos. Así mismo, entre sus méritos más resaltantes se encuentran los records individuales contra varios de los mejores jugadores de la época; por ejemplo, derrotó a Marshall +20 -2 = 28, a Lasker +6 -2 = 16 y a Alekhine +9 -7 = 33.

José Raúl Capablanca y Graupera, este extraordinario personaje del ajedrez mundial nació en “El castillo del príncipe” de la hermosa ciudad de La Habana un 19 de Noviembre de 1888; hace 127 años. Esta breve nota es un sencillo recordatorio de sus relevantes aportes a la cultura ajedrecística.

Uvencio Blanco Hernández, Venezuela. Comisión Mundial de Ajedrez para las Escuelas FIDE Entrenador y organizador.

UN EXTRAÑO MÉTODO, EL DE SCHLECHTER, EL SECRETO DE CAPABLANCA…

Hola!
Les transcribo esto que encontré, cuyo autor es Horacio Arévalo, publicado en la página http://www.paraestudiarajedrez.blogspot.com.

WEDNESDAY, JUNE 24, 2009

UN EXTRAÑO MÉTODO, EL DE SCHLECHTER.

Revisando algunas notas que me enviase hace algunos años el GM Alexander Nikolaevich Panchenko para tratar de hacer algunos trabajos sobre sus métodos de enseñanza, me llamó la atención un amplio ensayo sobre lo que se llamaba un método para disminuir errores ideado por Karl Schlechter, aquel gran maestro que empatase un match por el campeonato mundial de ajedrez con el tremendo Emanuel Lasker.
Schlechter era el ejemplo mismo de la sólidez. Aunque no poseía un talento tan grande como Capablanca, fue el único que podía igualarse con él en aquello de ser imbatible.
Schlechter jugó 117 partidas de torneos internacionales entre 1912 y 1915 (a partir del torneo de Pistyan 1912 hasta incluir Viena 1915). Sólo perdió dos partidas, una con Tartakover en el Torneo de Viena de 1913 en que se celebraba el aniversario del Club de Viena, uno de los más famosos de Europa; y otra partida con Kaufmann también en Viena 1914. Aunque Lasker en su vida total tuvo un menor porcentaje de partidas perdidas que Schlechter, ese record de sólo 2 partidas perdidas de 117 partidas estaba muy lejos de los que lograba Lasker. Nadie de finales del siglo XIX se acercó, ni Tarrasch, ni Pillsbury, ni Maroczy o Rubinstein.
El record de Capablanca, iniciando en Nueva York 1915, hasta incluir Nueva York 1924, que comprende 108 partidas de competencia (89 de torneos y 19 de matches), era de dos derrotas, una con Chajes en Nueva York 1916 y la otra contra Reti, muy famosa, de Nueva York 1924.
Asi que Schlechter no sólo demostró estar a la altura de Lasker, sino ser tan invencible como Capablanca. De hecho históricamente, Schlechter debía ser considerado la transición entre la generación de Lasker y la de Capablanca.
Panchenko entonces apuntaba que el método de Schlechter, publicado en Viena por amigos que honraban al ya fallecido maestro en 1922, y que de hecho era casi desconocido fuera de Austria, era de tomarse en cuenta. A mi me parece muy parecido a lo que se llama defensas por zonas en el basquetbol, pero examinando con más cuidado y estudiando algunas partidas de Schlechter comentadas por él mismo, veo mucha similitud con las proposiciones de Shashin sobre densidad de piezas en relación al Espacio y avances con piezas siempre detrás de los peones. No obstante un artículo por el entrenador Jesper Hall sobre el ajedrez y la guerra, hablando de las batallas de Chancerville en la guerra de Secesión de los Estados Unidos y en la de Stalingrado cuando cercaron a Von Paulos y al sexto ejército alemán, me hace sentir que Schlechter se adelantó unos 30 años a las teorías militares, pero partiendo de bases que debió conocer, pues hay indicios que Schlechter estudio algo sobre las batallas del virginiano Robert E. Lee.
El caso es que cualquier método para disminuir errores realizado por un jugador tan sólido como Schlechter es de tomarse en cuenta, si bien he notado en la versión rusa que usaba Panchenko algunos errores de traducción del alemán usual en Austria, bajo alemán, como dicen unos.
Otra mención sobre un “método Schlechter” la da Geza Maroczy en su libro Végjatékok és Játszmak”, editado durante la segunda guerra mundial por Pantheon Kiadás y poco conocido en Rusia, que me tradujo en porciones mi gran amigo, el fallecido aficionado húngaro – mexicano, Janos Braun Barcz, y que no recuerdo haber mencionado a Panchenko.
Llama la atención que otro maestro austriaco de origen, el gran Erich Eliskases, iberoamericano por adopción, siempre recomendaba estudiar a Schlechter y “sus métodos”, aunque sólo en algunas notas de su libro sobre juego posicional se menciona al que debe ser considerado el más grande y acabado producto de la escuela austriaca de ajedrez.

EL SECRETO DE CAPABLANCA

Es común ver artículos y hasta libros en que se utiliza como título “El secreto de…” esto, o lo otro. Que si el Secreto de la Escuela Soviética, como yo mismo titulé un trabajo, etc.
Incluso un libro de Psicología Positiva de moda, afortunadamente, muy bueno y recomendable se llama así: “El Secreto” de Rhonda Byrne. El chiste es que muchos autores hablan de secretos que no por ello dejan de ser secretos.
Esos “secretos” a voces siguen siendo secretos porque: primero, no es fácil divulgar algo tan ampliamente que lo sepan poco más de unas diez mil personas en el primer año de su divulgación, con todo y la Internet. Y diez mil personas en una población de más de tres mil millones, es casi nada. Un secreto que comparten tres millonésimas de la población, es verdaderamente aún un secreto.
Segundo, cada “secreto” tiene su exégesis, y sabemos por la historia que cada exégeta tiene sus versiones, así que esos diez mil, tendrán al menos unas mil exégesis diferentes si bien nos va. Entonces algo quedará en la obscuridad, y sólo unos cuantos elegidos captarán la esencia verdadera de ese “Secreto”.
Una sola frase mal traducida o interpretada cambia todo. Por ejemplo, en la primera edición en español de “Mi sistema”, se habla del “avance restringido”, termino que ha confundido a muchos lectores, pues eso de hablar de un avance restringido, parece como un ataque “auto controlado”, como un insulto “auto censurado”, o un avance sin avanzar mucho, restringiéndose, limitándose. ¿Qué significa esto? Se preguntaban muchos. Finalmente, muchos confesaban no entender a Nimzovich. ¡Cómo lo iban a comprender si estaba mal traducido! La clave es que el termino bien traducido del alemán era “Avance restringiendo”, que significa avanzar apretando, exprimiendo, como un soldado romano avanzaba empujando al contrincante con su escudo. Eso si queda claro. Avanzar apretando atrás al enemigo, poniéndolo entre el escudo y el muro, que no es lo mismo que entre la espada y la pared, no es lo mismo, pero es igual.
Entonces, hablemos de secretos, que seguirán siendo secretos aunque estén en internet y lo lean un par de cientos de lectores. Un número mínimo entre los millones de ajedrecistas.
¿Cuál era el secreto de Capablanca?. Se me hizo muy claro cuando hacia una pregunta diferente: ¿Cuál era el secreto de Schlechter? Tema del que escribí hace muy poco.
El secreto de Schlechter, podía ser descubierto en base a los que lo observaron y hablaron con él en su tiempo. En este caso, Emanuel Lasker, que tenía que vencerlo en un match y que no había podido resolver como vencerlo.
Según Panchenko, Lasker observaba las partidas de Schlechter, observaba cuidadosamente a Schlechter como persona, conversaba con él e hizo un análisis psicológico de él. Lasker en un articulo comenta: Schlechter ha alcanzado casi la perfección en el cálculo de variantes, gracias a su mente ordenada y sistemática, que ha elaborado un sistema paso a paso para calcular jugadas.
Eso me recordó una serie de comentarios de Botvinnik sobre un jugador muy similar a Schlechter en lo preciso de sus cálculos e igual de invencible que Schlechter: Capablanca.
Siguiendo lo que había pensado de Schlechter, el secreto de Capablanca podía ser descubierto en base a los que lo observaron y hablaron con él en su tiempo. En este caso, Botvinnik, que lo admiraba tanto y suponía tenía que vencerlo en un match y que no había podido resolver como vencerlo tras enfrentarlo en la URSS y en otros magnos torneos.
Botvinnik lo observó cuidadosamente, además de que conversó muchísimo con él en diversas ocasiones. Por ser el primer campeón mundial activo que conoció Botvinnik, además de que fue su primer gran hazaña el vencerlo en unas simultáneas cuando era niño, no me cabía duda que Botvinnik estaba impresionado por Capablanca y lo conoció muy bien. Era cosa de ver los artículos de Botvinnik en que se mencionaba a Capablanca, lo que con una computadora es fácil y puede uno investigar cientos de documentos en unos minutos. ¿Cuál era el secreto de Capablanca según Botvinnik? ¿Cómo lo expresó con sus propias palabras Botvinnik?
El que juega el ajedrez decide constantemente sobre un problema- la elección de una de algunas continuaciones posibles. Además el pensamiento del ajedrecista hace sucesivamente ciertas operaciones que se repiten de jugada a jugada. Así, cada vez conviene cuidar las amenazas del adversario, cumplir el cálculo de las variantes, hacer la apreciación de la posición. Por la analogía con las matemáticas, donde la consecuencia de las acciones que llevan a la decisión de cualquier problema, se nombra por algoritmo de la decisión de este problema, a la consecuencia de las acciones cumplidas por el ajedrecista junto a la elección de la jugada, es decir, ya que el algoritmo es una serie de pasos para resolver un problema, podemos hablar del algoritmo de la elección de una jugada.
Mikahil Moiseievich Botvinnik, al hablar del talento natural de José Raúl Capablanca y Graupera, escribía: “¿En que consistía su talento? En el uso del algoritmo de la búsqueda de la jugada de la posición original, el algoritmo, que básicamente él usaba, tan ejercitado que ya prácticamente lo realizaba intuitivamente.”
Botvinnik en otro artículo comentaba que en un tiempo, en su temprana juventud, Capablanca había estudiado arduamente cientos de finales, analizándolos profundamente y perfeccionando un sistema para calcular variantes. Se refería a los años entre 1908 y 1914, primero, y luego estudio libros y partidas comentadas unos meses en 1921 en su preparación para el match con Lasker. Aunque en este último período mas bien ya estaba su sistema de algoritmos de elección de jugadas totalmente elaborado y simplemente lo ponía en práctica.
Lo importante en la creación de su “algoritmo” personal para calcular variantes lo desarrolló en sus primeros ocho años de jugar ajedrez en torneos, o sea entre sus 12 años y sus veinte años de edad.
Luego de tanto ejercicio y de su puesta en práctica en torneos internacionales desde San Sebastian 1912 hasta San Petersburgo 1914, hicieron que su algoritmo ya fuera algo intuitivo.
Botvinnik tomó nota de sus observaciones y luego lo puso en práctica.
Entonces algunas cosas que parecían muy generales de las que hablaba Capablanca, no eran otra cosa que teorización de muchos casos prácticos. Entonces no había que analizar y calcular, sino estimar, para tener una guía para luego particularizar de nuevo. De lo particular a lo general (teorizando) y luego de lo general a lo particular. Así parecía, como Botvinnik observó, que a Capablanca le dictaban las jugadas. Lo que hacia Capablanca era seleccionar sus jugadas candidatas en base a sus reglas generales y luego las analizaba ordenadamente, valoraba las consecuencias de cada candidata, elegía la mejor y jugaba.
Esa generalización derivaba en las frases famosas de Capablanca, “reglas” tan sólidas y determinantes como las frases de Aristoteles: “Peón que detiene a dos”, “Islas de peones”, “Dama y Caballo más fuertes que Dama y Torre”, poner los peones en casillas diferentes a las que circula nuestro alfil”, etc.
Pero Botvinnik afirmaba que la clave del talento de Capablanca era su algoritmo para elegir jugada, así lo escribió, hay pruebas documentales de ello.
Panov en su biografía sobre Capablanca dice algo similar, lo mismo varios autores soviéticos, pero el más claro en ello fue Botvinnik. Por cierto que Botvinnik dijo algo que luego repitió Kasparov en su libro “Mis Grandes Predescesores”, que si Capablanca hubiera ganado cierta partida de final de torres en su match con Alekhine, hubiera ganado el match. Pero Capablanca ya estaba enfermo de la dolencia que lo mataría 15 años después.
¿Por qué no se hace descripción detallada del algoritmo de Capablanca? Ahora que están de moda los libros de códigos, podemos observar que en muchos libros de ajedrez ha pasado algo similar.
Un libro que se vende muy popularmente en castellano es el libro “Piense y Hágase Rico” de Napoleón Hill. Si ve la primera edición y la compara con la segunda, hallará que una palabra: “vibraciones” es suprimida 144 veces.
Si lee la primera edición de “60 partidas memorables” de Fischer, y la compara con una edición posterior, hallará mas de 500 modificaciones, según E. Winter expresó, aunque Fischer muy enojado lo corregía y decía que “eran miles de modificaciones”.
Lo mismo pasa con algunos libros. El de “Psicología de Ajedrez” de Krogius editado en inglés es muy diferente, por lo menos el doble de páginas, que la edición en español del mismo libro, perdiendo muchos capítulos importantísimos. ¿Y que le parece si le cuento que esa edición en inglés es como el resumen de tres libros en ruso que juntos serían como el doble de tamaño?
El GM Carlos Torre Repetto escribió en Leningrado, con ayuda de Rokhlin un libro que se llamaba “Cómo ser Gran Maestro”, que luego se tradujo al inglés, con una parte muy cercenada, como “Desarrollo de la Habilidad en Ajedrez”, casi de la mitad del tamaño de la edición rusa. Cuando ese libro se imprimió en México recibió, comparado con la edición en inglés, otro gran corte.
Para acabar con la cosa, resulta que el manuscrito original, redactado por Rokhlin y Modell con los dictados en inglés de Torre, era mucho mayor que lo que fue elegido para publicar. De 35 partidas comentadas, quedaron menos de diez, y cada una de ellas con mucho menos comentarios.
Entonces ¿Se perdió la descripción del algoritmo de Capablanca? Claro que no, Botvinnik lo detalló en varios artículos y en diversos comentarios a las partidas de Capablanca y en la descripción de su propio algoritmo, que era el de Capablanca revisado.
El que estudió a Botvinnik tan profundamente, y que admiraba a Capablanca, Tigran Vartanovich Petrosian, también logró tener el algoritmo de Capablanca con detalle y a partir de allí detectar la modificación de Botvinnik.
¿Qué dijo Petrosian? Aquí volvemos con Schlechter. Petrosian comenta una partida de Schlechter con Mieses en 1894, (Leipzig) cuando Schlechter falló en su intuición y no vio un mate en una (jugó 31.Dh6+ en lugar de 31.Dh8 mate). Petrosian comenta que Schlechter tenía un algoritmo incompleto comparado al de Capablanca. Hablaba del algoritmo antiguo y el Moderno. Incluso en una conferencia explicaba a varios instructores de su escuela (La escuela Petrosian de Ajedrez en Moscú) que había que enseñar cuatro algoritmos para elegir jugada, empezando del más simple, para jugadores de cuarta y tercera fuerza, hasta el “superior” para candidatos a Maestro o más, o sea algoritmo de primer nivel, hasta el de cuarto nivel o superior. Decía Petrosian que esos cuatro algoritmos eran lo esencial y era más importante que enseñar reglas posicionales. En mis cursos via email, enseño el primer algoritmo, y conforme avanzan voy enseñándole uno nuevo. Esa conferencia de Petrosian no es muy conocida, sólo se mimeografió, pero si otros artículos que escribió y que han sido publicados como “Legado de Petrosian”.
Petrosian pensaba que “la fuerza práctica del juego del ajedrecista depende al máximo grado de la perfección de su algoritmo de la elección de jugada, y en particular del componente principal del algoritmo: la habilidad de rapidez y precisión al calcular las variantes”.
Tigrán Petrosjan (en la víspera de match al campeonato del mundo, en Moscú 1966) en una entrevista con el director de Jaque Mate de Cuba, Dr. Juan Vela Monet, (padre del actual Ministro de Educación Superior y exrector de la Universidad de La Habana, Dr. Juan Vela Valdés) expresó: “Todas estas “materias” altas la estrategia y las finezas innumerables de las aperturas, de las que nos ocupábamos tanto, – no son lo principal. Lo que decidirá el destino del match ante todo son nuestros reflejos en el juego. Como se dice, quién hará mejor el “tú allá, y yo aquí”. O cómo un exégeta diría: “La táctica, el cálculo de variantes”.
Regresemos de nuevo a Botvinnik para citarlo literalmente y terminar por aclarar el secreto de Capablanca:
M. Botvinnik escribió “•José Raúl Capablanca … Fue siempre mí ídolo. Su algoritmo fenomenal de la búsqueda de la jugada en aquellos jóvenes años, cuando él poseía velocidad asombrosa para el cálculo de las variantes, lo hacía invencible”. Como vemos, aquí con la perfección del algoritmo de la elección de la jugada y el cálculo se comunica la fuerza del juego de uno de los personajes legendarios en la historia del ajedrez.
Pero ¿si su algoritmo era su secreto, por que no describe el algoritmo? Dirán algunos lectores. Los algoritmos se constituyen por una serie de pasos, cada paso es llamado un “block”. Hay blocks principales, que van verticalmente y hay blocks complementarios que van horizontalmente de un block principal, cada block tiene salidas de “si” y “no” como puede verse en cualquier diagrama de flujo usual. Algunos block complementarios regresan al principal inicial o conducen a otro principal ya sea hacia adelante (por ejemplo de block 5 a block 6) o hacia atrás (de block 5 regresa a block 3). Al pasar todos los blocks hay un producto que sale, la jugada elegida.
Según las descripciones que Didyshko hace de los cuatro algoritmos, algunos son de 7 blocks principales y otros de 10 o más, todos con muchos complementarios.
Ese era el secreto de Capablanca, y el de Schlechter era similar. Cuando a Houdini, el gran presdigitador, escapista o “mago”, le preguntaron cual era su secreto, contestó: “No tengo uno, tengo miles de pequeños secretos”.