www.caissadigital1921.cubava.cu

↑ Volver a Capablanca

Citas…

 

CITAS DE CAPABLANCA:

“En ajedrez cuando juegas con un fuerte jugador las dos armas disponibles para vencerlo deben ser lógica e imaginación”

“Se puede sacar más provecho de una partida perdida que de cien ganadas”

“El Ajedrez es algo más que un juego; es una diversión intelectual que tiene algo de Arte y mucho de Ciencia. Es además, un medio de acercamiento social e intelectual”

“El Ajedrez sirve, como pocas cosas en este mundo, para distraer y olvidar momentáneamente las preocupaciones de la vida diaria.”

“El Ajedrez, como todas las demás cosas, puede aprenderse hasta un punto y no más allá. Lo demás depende de la naturaleza de la persona.”

“De pocas partidas he aprendido tanto como de la mayoría de mis derrotas.”

“El buen jugador siempre tiene suerte.”

“Si ha pensado en un plan correcto, debe llevarlo a cabo rigurosamente”

“Hablando de mí mismo, puedo decir que el estilo de mi juego no se corresponde totalmente a mi temperamento sureño. Siempre juego con cautela y evito los riesgos, porque me gusta la sencillez… Tengo por principio no arriesgarme en las partidas decisivas.”

“Hubo períodos en mi vida en los que pensaba que no podía perder ni una partida. Más tarde sufría una derrota, y eso hacía que despertase de mis sueños y volviese a la tierra”.

“Puedo adivinar en un momento lo que se oculta detrás de las posiciones y que es lo que puede ocurrir o lo que va a ocurrir. Otros maestros tienen que hacer análisis para obtener algunos resultados, mientras a mí me bastan unos instantes”.

“Es necesario proteger al Rey con el mínimo de piezas y atacar al Rey adversario con el máximo de piezas.”

“Hay que eliminar la hojarasca del tablero”.

“Cuando ustedes ven una posición, se preguntan qué puede suceder, qué sucederá. Yo lo sé”.

“Jamás he estudiado ajedrez. Sólo estudio ajedrez cuando juego una partida”.

“Aprendí a jugar al ajedrez antes que a leer”.

“Yo sé a simple vista cómo ha de tratarse una posición, lo que puede ocurrir, lo que va a suceder; otros hacen ensayos, pero yo sé, yo sé”.

“Yo todavía no había cumplido los cinco años cuando entré un día en el despacho de mi padre y le vi jugando con un hombre. Nunca antes había visto una partida de ajedrez y las piezas llamaron mi atención. Al día siguiente volví a observar jugar a mi padre. El tercer día, mi padre, que era un principiante en el ajedrez, movió su caballo de una casilla blanca a otra del mismo color. Su adversario, no mejor jugador que él, no se dio cuenta de ello. Mi padre ganó la partida y yo le dije que había engañado a su rival. Por poco me echa de la habitación, pero yo le indiqué que era lo que había hecho. Me preguntó qué sabía sobre el ajedrez y le dije que podía ganarle. Me respondió: “Eso es imposible porque tú no sabes ni colocar las piezas”. Jugamos una partida y gané. Ese fue mi comienzo”.

“Tenía cuatro años cuando se disputó el histórico match entre Wilhelm Steinitz y Mikhail Chigorin, que me llamó mucho la atención. Otro acontecimiento fue la visita de Pillsbury a La Habana. Por entonces yo tenía once años y era un mal jugador. Ya se pueden imaginar cómo me impresionó ver que Pillsbury era capaz de jugar a ciegas dieciséis partidas simultáneas. Eso fue lo que encendió mi interés por el ajedrez. Después de obtener el permiso de mis padres, empecé a frecuentar el club de ajedrez. No transcurrieron ni tres meses desde que había alcanzado la primera categoría, cuando gané el match contra el campeón de Cuba. Tenía entonces doce años.”

“Me llevaron una vez al club de ajedrez de una ciudad de provincias. En una esquina del club vi jugar a dos señores. Me senté y empecé a observarles. Ya de niño me había acostumbrado a estar sentado tranquilamente y observar cómo otros jugaban. Cuando terminaron la partida, uno de ellos se marchó y el otro, al no ver a nadie con quien pudiera jugar, me preguntó si yo sabía jugar. Como yo había estado tan callado, pensó que podía no saber. Le contesté que sí y él me ofreció la ventaja de un caballo. Dijo que le interesaba ver cómo jugaba yo y afirmó que él era el mejor ajedrecista de la ciudad. Yo siempre aceptaba cuando me ofrecían ventajas. Después de perder dos partidas, me propuso que jugásemos sin ventaja. Cuando volvió a perder, dijo que no estaba de buen ánimo para jugar. Después de una nueva derrota dijo que estaba enfermo. Yo sugerí darle ventaja de un caballo. Lo aceptó para demostrarme que yo tenía una opinión demasiado buena de mí mismo. Esa fue una gran partida, pero él abandonó al final. Se puso el gorro en la cabeza y apenas musitó un adiós. Pero volvió en seguida y me preguntó cómo me llamaba. Recuperó su orgullo inmediatamente y se puso a presumir de que me había dejado caballo de ventaja…”

“Una tarde de 1906, o de 1907, estuve observando unas partidas simultáneas, jugadas a ciegas. Había allí en una esquina de la sala un hombre de mediana edad que estaba comentando una partida. Sus propuestas me parecían absurdas y faltó poco para que interviniese para corregirle, pero seguí mi antigua costumbre y permanecí callado. Nunca en mi vida estuve tan contento por haber estado fiel a ese principio, porque al cabo de poco tiempo me presentaron a ese hombre. Era Emanuel Lasker, campeón del mundo en aquel momento.”

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *