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1927 – 1928 Caída del Olimpo

Perdido ya el título Capablanca abandonó a las altisonantes expresiones. En él despertó el maestro, adormecido muchos años; el artista amante de su arte: el deportista, acostumbrado a ser el primero ante la afición mundial.

 La inesperada pérdida del encuentro y la vertiginosa caída de la cumbre, de la fama, hicieron que experimentase los efectos de la embriaguez del fracaso; efectos que todo ajedrecista ha experimentado. En este sentido Capablanca no fue ni más ni menos. De un modo subjetivo, Capablanca creyó haber perdido inmerecidamente el encuentro. ¡Lo cual es cierto! Esta circunstancia le atormentaba y deprimía el ánimo, por no hablar del desengaño general de sus amigos y partidarios norteamericanos y sudamericanos que sentía diaria mente. Y como suele suceder no supo encubrir estos sentimientos ni adoptar una actitud autocrítica ante su fracaso; su conducta no sólo no contribuyó a que se celebrase pronto el encuentro de desquite, sino que causó enojo a Alekhine, quien ya llevaba acumulado bastante material inflamable en su ánimo.

En el “New York Times” publicó un confuso y contradictorio artículo, en el cual trató de desacreditar el logro del nuevo campeón del mundo:

“…Fue una contienda violenta, de la que Alekhine salió vencedor, porque supo aprovechar todas las ventajas que se le ofrecían. En todo el encuentro dejó escapar una o dos oportunidades, mientras yo desaproveché más de una decena de ellas, suficientes para ganar dos encuentros como aquel. Alekhine jugó la apertura con acierto, pero no mejor que yo, y hasta puede que peor. En el medio juego se desenvolvió con bastante soltura, si bien manifestó a veces cierta deficiencia. Donde jugó mejor fue en los finales. En ellos está más fuerte que en otras fases de la partida. No reveló talento para combinar, tal vez porque en este aspecto he sido siempre más fuerte, y, en la actualidad, no he desmerecido tanto como en otros aspectos de la partida…

…indudablemente, jugué con menor contundencia que antes; pero tengo más experiencia y conocimientos. El encuentro reveló que ya no puedo actuar en un enfrentamiento sin prepararme. En lo por venir tendré que hacerlo física e intelectualmente para cosechar éxitos. Mucho antes de actuar en una competición habré de ceñirme al régimen deportivo correspondiente. He perdido la capacidad de resistencia que me ayudó muchas veces. Prepararse exige mucha abnegación, la cual se presenta cuando el objetivo propuesto la compensa, cuando se quiere alcanzar este objetivo y cuando las energías aplicadas a ello se compensan materialmente. No se dio ninguna de estas condiciones. Últimamente, he perdido una parte considerable de mi afición al ajedrez, por estar convencido de que no tardará en llegar a su límite…

“…en orden a mis planes futuros he decidido dar prueba de abnegación y demostrar que puedo enfrentarme con cualquier jugador. Debo ser justo con mi adversario; no pretendo desvalorar su mérito, pues en cada partida reveló una fuerza de voluntad grande; fue incansablemente en pos de la victoria, y se defendió tenazmente. Sin duda, jugó mejor que yo en el encuentro y se hizo merecedor de la admiración general…”

A pesar de este cumplido estereotipado hecho a Alekhine, lo dicho por Capablanca produce una impresión triste. Por un lado jugó con menor contundencia que antes; por otro jugó mejor que Alekhine todas las fases de la partida; perdió por casualidad, y desaprovechó más de una decena de oportunidades, suficientes para ganar dos encuentros. Sorprende que antes no comprendiese que para participar en un torneo individual conviene prepararse cuidadosa y prolongadamente, y observar un régimen deportivo estricto. En general, esto no es capacidad de resistencia, sino un deber que el campeón del mundo contrae consigo mismo, con su competidor, con la afición y sobre todo, con el ajedrez.

Ahora le atormentaba el arrepentimiento. Habría tenido la conciencia más tranquila si hubiera perdido tras una preparación intensa, y habría podido consolarse con estas sabias palabras: “… ¡Hice lo que pude; quien pueda más que lo haga! …”

A los diez días del encuentro Capablanca propuso al nuevo campeón realizar u Match de desquite en otras condiciones deportivas. Pero Alekhine no aceptó que se modificase el reglamento. Por eso, el 10 de febrero de 1928, envió una carta a Rebu, presidente de la F.I.D.E., y una copia de la misma a Alekhine. En ella propuso reducir el número de partidas a dieciséis en el encuentro de desquite, pues, al decir de él podía suceder que no se termine nunca o se prolongase tanto que el resultado dependiese exclusivamente de la resistencia mental y física de uno de los competidores. Con ello, Alekhine entendió que su victoria se debió a su mayor resistencia física y no a haber jugado mejor en Buenos Aires.

En dicha carta también le propuso a Rebu modificar el tiempo que limitaba el número de jugadas: hacer treinta en dos horas, y jugar sólo cuatro horas al día, interrumpiendo dos horas la partida para comer y descansar. Lo mismo que propuso Lasker el año 1911, y que Capablanca no aceptó.

La Carta produjo un efecto contrario, pues Alekhine contestó a la que Rebu le había dirigido, diciéndole que jugaría un encuentro en las mismas condiciones con que lo había aceptado y ganado. Esta resolución fue justa, por cuanto en su carta dirigida a Lasker el año 1911, Capablanca decía que “… el campeón del mundo estaba obligado a defender el título en las condiciones en que lo había conquistado…”

Tras haber recibido Alekhine una respuesta extensa y razonada que también se publicó en la prensa, Capablanca no hizo ninguna gestión para organizar el encuentro de desquite, ya por esperar a ver cómo reaccionaría la opinión ajedrecista a la respuesta de Rebu, que apoyaba al nuevo campeón, ya por querer demostrar su fuerza en el siguiente torneo internacional. Esto fue igualmente un error.

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