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1927 – 1927 El Fin de un Imperio…

 

El 16 de septiembre de 1927, los dos ajedrecistas de más fama y celebridad del siglo xx se enfrentaron en la capital de Argentina. La competición se jugó a seis partidas ganadas sin computar los empates, Si se llegaba al resultado de 5:5, el encuentro se daría por empatado y Capablanca conservaría el título.

Por primera vez, se disputaba el campeonato del mundo entre dos notables maestros  que estaban en lo mejor de sus fuerzas físicas e intelectuales y no entre el anciano campeón del mundo dispuesto retirarse de la escena y un aspirante joven y lleno de vitalidad.

El objetivo de Alekhine era difícil en extremo, puesto que nadie le creía capaz de vencer a Capablanca, quien gozaba de mucha simpatía en la Argentina, y se esperaba de él un triunfo brillante y rotundo. ¡Pero en el mundo no falta gente buena! Muchos ajedrecistas argentinos se compadecieron de Alekhine y, de antemano, lo consolaron diciéndole que caer en la lid con Capablanca no dejaba de ser un honor.

El presidente de Cuba envió a su notable súbdito un telegrama expresando su inquebrantable fe en el éxito. La prensa ajedrecista americana, argentina y eur0pea exaltó las cualidades de Capablanca y pronosticó el fracaso de Alekhine.

Capablanca se sentía seguro de su triunfo, por lo que «fiel a su estilo» no se preparó para el encuentro, confiando en su capacidad única para resolver los problemas directamente frente al tablero; en cambio, llevado por sus responsabilidades laborales como representante del ajedrez de Cuba, participó en una gira de partidas de exhibición por el Brasil.

En una estrategia diametralmente opuesta, su contrincante se dedicó a la compleja tarea de estudiar con inédita profundidad los patrones subyacentes en el estilo de juego de Capablanca, sus movimientos recurrentes y respuestas ante problemas complicados, etc., inaugurando una forma de trabajo que es norma hoy en día entre los máximos exponentes del ajedrez mundial.

No obstante haber adquirido Alekhine la nacionalidad francesa para poder viajar por el extranjero y formar parte en los torneos internacionales el gobierno francés no le prestó ayuda moral ni material, que le habría prestado si hubiese sido natural del país. Si bien recibió muchas cartas de la Unión Soviética, de Francia y de los rusos dispersos por todo el mundo, dándole muestras de simpatía y deseándole un resultado feliz. Y la simpatía de sus compatriotas hizo que tuviese fe en la victoria y ánimos para alcanzarla. ¡Valoró debidamente las dificultades que llevaba dentro de sí aquel encuentro! Al embarca r para la Argentina dijo sonriéndose:

“…no sé cómo voy a ganarle seis partidas a Capablanca ni cómo él va a ganármelas a mí…”

Antes de comenzar la lid, Alekhine analizó detalladamente las últimas partidas del campeón del mundo; después de ella, expuso sus conclusiones en un artículo, cuyos fragmentos ya hemos citado, en el cual se notaba todavía el deseo vehemente de desvanecer por entero la aureola del vencido. Al principio, dice que Capablanca es sin dudas un maestro de primerísima clase, si se aparta de su arte creador la leyenda, perjudicial para el ajedrez, de que él es una máquina ajedrecista en forma de hombre; luego, trata de forzar la puerta abierta, demostrando que el juego de aquél a veces no está exento de descuidos. Lo que el propio Capablanca reconoció.

Lenin dice:

“…no es inteligente aquel que no comete errores, pues tal no existe ni puede existir, sino aquel que los comete y sabe corregirlos…”

Volvamos al encuentro en cuestión.

La primera partida finalizó con la victoria de Alekhine, y causó la sensación por ser la primera que le ganaba a Capablanca. Pero éste calmó rápidamente a tus seguidores al ganar la tercera partida.

El match estaba de 2:1 a favor del campeón del mundo, y pareció que el juego iba por el sendero común: empates frecuentes, alguna victoria de Capablanca y ninguna de Alekhine. Pero en la novena partida, al igualar Alekhine las posibilidades con una bella maniobra, Capablanca se puso nervioso; se quejó del ruido que hacía el público; exigió que se desalojase la sala, y no pudo hacer más que tablas.

La crisis psicológica empezó en la undécima partida, que transcurrió en una tensión extrema y finalizó al sexagésimo sexto movimiento con la victoria de Alekhine. Sorprendido del juego maestro de éste, Capablanca exclamó involuntariamente:

“… ¡así, no puedo ganar!…”

La agencia de noticias norteamericana comunicó que el campeón del mundo estaba extraordinariamente conmovido por la derrota que acababa de infligirle su rival.  Y por Buenos Aires corrió la anécdota de que cierto mudo, al enterarse de que Capablanca había perdido la partida, gritó: “… ¡Imposible!…”  Y volvió a perder la voz porque era hincha del campeón.

En la duodécima partida, el desmoralizado campeón no supo aprovechar la ventaja que llevaba y perdió por segunda vez. ¡Tras lo cual dirigió una carta a su amigo Julio Feann, presidente del club de Manhattan, pidiéndole que dispusiese la organización de un encuentro desquite, no obstante, estar el resultado 3:2 a favor del aspirante!

En lo sucesivo, Alekhine usó le táctica, que Capablanca había usado con Lasker: procuró no forzar los acontecimientos: con las blancas trató de sacar ventaja posicional y con las negras equilibrar el juego. ¡Se sucedieron ocho empates! Capablanca se ponía cada vez más nervioso; intentaba convencer a su adversario de que el encuentro no terminaría nunca si proseguía de aquel modo, y le propuso dejarlo en tablas y concertar otro encuentro. Pero Alekhine no lo aceptó y se mantuvo en sus trece. En la vigésima primera partida, Capablanca perdió la paciencia y se aventuró a complicar el juego; pero Alekhine contraatacó y, tras una lucha enconada, se alzó con la victoria.

Antes de empezar la competición, Capablanca se había comprometido a enviar crónicas sobre ella al periódico soviético “Izvestia”; pero escribió poco y sin puntualidad, particularmente al final de la misma cuando no estaba para ello. Sobre la vigésima primera partida comunicó a los lectores soviéticos que Alekhine jugó brillantemente; y que él se había propuesto ganarla; mas había cometido errores y la perdió.

En la vigésimo segunda partida, Alekhine realizó u n brillante sacrificio de alfil y quedó con ventaja para el final: mas no pudo quebrantar la tenaz resistencia que le opuso el campeón. Se sucedieron otros cuatro empates. En la vigésimo séptima, Capablanca cobró ánimo; efectuó con su peculiar estilo un brillante ataque, y logró formar una posición que le brindaba la victoria. Pero cuando Alekhine le dio el clásico jaque de la agonía con la dama, él retiró equivocadamente el rey a una casilla que no era la conveniente, y el otro salvó la partida por medio del jaque continuo. Este empate tuvo consecuencias fatales para Capablanca. En la vigesimonovena tomó el desquite, pues la posición de Alekhine garantizaba las tablas, pero un error hizo que la perdiese.

Aquí, el resultado del encuentro estaba 4:3 a favor del aspirante. Por ello, Capablanca tenía posibilidades de empatar el encuentro y, por ende, retener el título; pero ya había perdido la confianza en sí mismo, mientras Alekhine ardía en deseos de luchar. En la trigésimo segunda partida, la mejor de todas, Alekhine jugó original y enérgicamente y sacrificó el enroque en aras del ataque; salió vencedor. Capablanca se desmoralizó por entero; jugó con blancas en la siguiente partida que terminó en tablas al decimoctavo movimiento.

La trigésimo cuarta y última partida, que Alekhine realizó con entusiasmo grande y tuvo ventaja, fue suspendida al llegar a un final de piezas difícil y con un peón de ventaja para el campeón ruso. Capablanca la suspendió por segunda vez cuando se encontraba en una situación desesperanzadora, y se rindió al día siguiente sin proseguirla.

El encuentro terminó con el resultado de +6 -3 = 25 a favor de Alekhine.

El flamante campeón del mundo declaró a los periodistas que se sentía feliz por haber realizado el sueño de toda su vida y estaba dispuesto a defender el título ante cualquier maestro, aunque prefería defenderlo ante Capablanca; pero no antes de 1929.

La agencia de noticias norteamericana comunicó:

“…Alekhine ha sido proclamado campeón del mundo. El público tributó un aplauso ruidoso a los dos contendientes cuando entraron en la sala. Capablanca dirigió unas palabras a los asistentes, para comunicarles que se había rendido en la trigésimo cuarta partida y para proclamar a Alekhine nuevo campeón del mundo. Luego dijo “estar convencido de que éste recordaría felizmente aquel encuentro y que le satisfacía haber sido vencido por él”…Finalmente, los dos contendientes se estrecharon las manos y se abrazaron…”

¡A este cuadro idílico se le hubiese podido añadir que Capablanca y Alekhine se besaron tres veces y se dirigieron cogidos del brazo al bar más próximo!

Por cuanto esta noticia fue pura ficción, Alekhine declaró más tarde a L. Liubinov, corresponsal de un periódico ruso editado en Paris y que posteriormente regresó a la URSS, lo siguiente:

“…Capablanca no sólo no estimó necesario asistir al banquete de despedida, en el que me proclamaron campeón del mundo; tampoco se presentó en el club para declararse vencido en la última partida. Se limitó a dirigirme una carta comunicando que se rendía y me felicitaba por la victoria…”

¿Cómo explicó Capablanca la pérdida del encuentro?

 En 1935, dijo a Romanovski que la enorme fuerza de resistencia de Alekhine lo dejó aturdido y por lo mismo, le quebrantó el espíritu deportivo y espiritual, lo que le indujo a cometer el trágico error en la vigesimoséptima partida. Tras esto, comprendió que no podía salvar el encuentro.

Es curiosa la semejanza de estas palabras con las de Lasker, después de su competición en la Habana.

Es interesante y sincera la opinión emitida por Alekhine el año 1946, después de la muerte de su rival deportivo y poco antes de la suya:

“… ¿Por qué perdió Capablanca el título? Confieso que !hasta la fecha no he podido responder concretamente a esta pregunta, pues, en 1927 creía que no podría vencerlo. Tal vez la causa debería buscarse en la sobreestimación de sus fuerzas tras su arrolladora victoria en el torneo de Nueva York, celebrado en 1927 y en la subestimación de las mías…”

A las causas de la derrota de Capablanca hay que añadir las siguientes:

Alekhine dice que: “…jugó como nunca: que estuvo una decena de años preparándose para aquella competición, del mismo modo que un fanático pretende lograr un objetivo. Al ponerse a la altura de la excelente técnica de Capablanca, trató de situar el centro de gravedad de la Partida de ajedrez en la lucha artística, en la cual reveló su extraordinaria visión combativa y su lúcida imaginación. En cambio, Capablanca se alejó de su juego dinámico y variado; confió totalmente en su fino sentido de la posición y en su acendrada técnica, fundada en el cálculo matemático y en la repulsa de todo riesgo…”

Sobre ello, Lasker comentó:

“…la victoria de Alekhine es la de un inflexible luchador con inteligencia que elude todo lo confuso. Capablanca tendió a la precisión, mediante métodos científicos. Por el contrario, Alekhine es primordialmente artista con tendencia a buscar nuevas formas, lo que es superior a lo otro, sobre todo, si se manifiesta en la lucha…”

Después de este encuentro, se produjo un acercamiento de los criterios artísticos de Capablanca y de Alekhine, quien, en una entrevista con un periodista francés, declaró:

“…la psicología es un factor importantísimo en el ajedrez. En la disputa por el título, debo mi éxito a la superioridad en el aspecto psicológico. En cambio, Capablanca jugó apoyándose en su rico talento intuitivo. Por lo general, es conveniente conocer al contrincante antes de empezar el juego. En tal caso, la partida es asunto de nervios, de individualidad y de amor propio; lo último desempeña un papel importantísimo en el resultado de la contienda…”

En 1930, Capablanca se hallaba en París en funciones de empleado diplomát1co, y publicó un artículo titulado “¿Por qué es tan popular el ajedrez?” Entre otras cosas advierte que este juego es un arte como la pintura o la escultura; que en él no se pueden hacer progresos si se juega a la espera de que el contrincante cometa errores: que es necesario penetrar en los planes de él, pues comúnmente gana aquel que adivina primero las intenciones del otro; que para ello se necesita, aparte la lógica y la imaginación artística, cierta capacidad psicológica, y que conocer el carácter del adversario es una circunstancia importante en la contienda ajedrecista.

Resumiendo la importancia del encuentro en cuestión para el progreso del ajedrez, puede decirse que no fue sólo la victoria de un genio sobre otro, sino también la de la escuela chigoriniana.

¡Y, si se califica a Capablanca de máquina de jugar ajedrez, en este encuentro el hombre venció a la máquina!

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