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1921 – 1921 Nuevo Rey en el Olimpo…

 

 

El 15 de febrero de 1921, Lasker y su esposa partieron para Cuba, y llegaron a La Habana a principios de marzo. Sobre este particular Lasker dij0:

“…embarcamos con abrigo de pieles, y desembarcamos en mangas de camisa. ¿Mi preparación? Hice lo que pude en este sentido, pero sin ningún resultado concreto, debido a los trámites del viaje y su preparación. Decidí aprovechar los últimos días para descansar y acostumbrarme al clima tropical…”

Al lector de nuestros días quizás le extrañe que a Lasker no le acompañase un preparador. Capablanca tampoco lo tenía… ¡pues en aquel entonces no existían los preparadores de ajedrez! El maestro se preparaba sin ayuda de nadie y, no obstante, conseguía buenos resultados; desde luego, el preparador hubiese ayudado mucho en la preparación teórica, en el ensayo de novedades de aperturas y en la composición de la lista de gustos y costumbres ajedrecistas de sus adversarios. Los preparadores de ajedrez aparecieron cuando se celebraron los encuentros Alekhine-Euwe, y los tuvo sólo el campeón holandés.

Si el maestro de entonces hubiese querido disponer de uno, ¿con qué lo habría sostenido? Los honorarios que percibía eran insuficientes para sostenerlo. Por otra parte, los gobiernos no se preocupaban del movimiento ajedrecista ni apoyaban a sus participantes. Hoy en día, los ajedrecistas reciben ayuda de sus Federaciones y de las organizaciones deportivas.

Volvamos a Lasker. A pesar de tener cincuenta y dos años, su forma deportiva y su preparación teórica eran excelentes al comienzo del encuentro, y su eficiencia ajedrecista se mantenía elevada. Lo cual prueban sus brillantes victorias en los torneos de la segunda década y el hecho de que empatase las cuatro primeras partidas del encuentro con Capablanca, tras una lucha enconada. El arte creador de Lasker, campeón del mundo durante veintisiete años, era bien conocido por los ajedrecistas de entonces. Por ello, a las características de su juego, dadas por Capablanca, y que ya conocemos, se debe añadir lo que puede explicar la causa de su revés en aquella competición.

Lasker fue no solamente un destacado maestro en la defensa y en el contraataque, sino también un virtuoso en los finales. Poseyó una enorme fuerza de voluntad y brío deportivo. Consideró el ajedrez como una pugna intelectual, y su acendrada psicología le permitió ver y aprovechar los defectos, tanto deportivos como artísticos, de sus competidores. Uno de sus procedimient0s habituales era complicar artificiosamente la contienda, mediante la formación de posiciones complejas, a menudo desventajosas para él, en las que iba venciendo al contrincante con su poderosa energía volitiva.

¡Pero en la confrontación con el maestro cubano el filo de su guadaña dio con una piedra! Enseguida advirtió que se enfrentaba con un rival contra el que no podía usar sus métodos deportivos habituales. ¡Ahí está la causa principal de su revés!

Capablanca estaba muy bien pre parado para este encuentro, y su juego careció de defectos.

Sobre ello, Alekhine dijo:

“…entonces, Capablanca estaba en la cumbre de sus fuerzas; su precisión en la apertura y en el medio juego emulaban con su insuperable técnica en los finales…”

Esto también fue inesperado para Lasker, que posteriormente dijo:

“…la fuerza de Capablanca era superior a la que había mostrado en San Petersburgo el año 1914; progresó mucho…, y su técnica era mucho más elevada que antaño…”

Por eso, y contrariamente a lo que esperaba, no halló puntos vulnerables en la defensa de su adversario y, por lo mismo, no pudo aventajarle en la posición.

Cuando se arriesgaba a confundir a Capablanca, éste no se dejaba llevar por las continuaciones seductoras, pero erróneas, sino que se contentaba con su mínima ventaja y, paso a paso, la incrementaba hasta alcanzar la victoria.

El clima de La Habana, al cual Lasker y sus partidarios atribuyeron la causa de la pérdida del título, influyó indudablemente en su jueg0 y en la capacidad de una resistencia más prolongada y tenaz: sin embargo, no es probable que decidiese el resultado de la contienda.

La competición empezó a mediados de marzo. 2 años antes Capablanca dijo:

“…en La Habana hace un tiempo ideal hasta finales de abril; la temperatura no excede de  los 27°, y desde el mar sopla una brisa agradable…”

Antes de dar comienzo el encuentro, Lasker se sintió tan bien que aceptó enviar semanalmente una crónica del mismo a un periódico holandés; de estas crónicas compuso luego un folleto con el título: “Mi confrontación con Capablanca”.

En la primera crónica sobre el comienzo del encuentro no menciona el clima de La Habana;  en cambio, expone quejas más interesantes y sintomáticas. Acerca de las tres primeras partidas del encuentro que quedaron en tablas, dijo:

“…el ajedrez se acerca a su perfección; en él van desapareciendo los elementos del juego y de la incertidumbre. ¡Ahora ya se sabe demasiado! Se conocen los mejores movimientos en la apertura del gambito de dama o en la apertura española, por lo que todo ajedrecista se siente muy seguro. En otro tiempo, era posible hallar momentos emotivos; hoy día, ha desaparecido la emoción de lo desconocido…”

Traduciendo este lírico fragmento al lenguaje profesional, se ve claramente que a Lasker no le satisfizo el resultado de la apertura de las tres partidas en cuestión. Pues hubo de abandonar el gambito de dama y la apertura española que formaban su repertorio favorito.

En la quinta partida hizo un experimento en la apertura, y sufrió la primera derrota, no obstante tener posibilidades de tablas tras una inventiva extrema y una resistencia tenaz. Aquí atribuye su primer fracaso al sol muy fuerte y abrasador de Cuba, si bien, según Capablanca, los encuentros tenían lugar al anochecer.

Las cuatro partidas siguientes quedaron en tablas; en ninguna de ellas logró aventajar al otro ni complicar la lucha a su favor. El número de movimientos efectuados en cada una de ellas evidencia la creciente inseguridad del campeón. Veámoslo: en la sexta partida se hicieron 43; en la séptima 23; en la octava 30, y en la novena 24.

Capablanca jugó con blancas en la décima partida, que ganó brillantemente en un complicado y largo final.

Lasker reconoce la impecabilidad estilística de Capablanca; mas, luego, parece retractarse de sus palabras al decir que cometió errores cuando valoró la posición de la sobredicha partida.

En la crónica sobre ella aplica de un modo convincente y sutil cómo la perdió, aunque no el objetivo en sus conclusiones:

“…hay una ley general, según la cual toda persona fatigada manifiesta en primer término los defectos que casi no ha podido superar. Los errores, las vacilaciones, las confusiones y los descuidos que tiene y comete cuando está fatigada, es lo que aprende a superar más tarde. Mi último progreso estribó precisamente en desarrollar diversas posiciones. Esto su puso para mí una dificultad extrema en el transcurso de mucho tiempo, por cuanto tales posiciones no me estimulaban la fantasía ni ofrecían ocasión para realizar combinaciones decisivas, sino que me fatigaban. Creo que la comisión de errores graves era efecto de la fatiga que no podía superar, debido a causas puramente físicas: el tórrido y deslumbrante sol abrileño de La Habana…”

Desde luego, Lasker no tenía que haber aceptado este encuentro en unas condiciones climatológicas ventajosas para Capablanca y desventajosas para él. Pues el estado físico común debe ser igual para ambos contendientes en competiciones de esta categoría. Pero de lo dicho por él se deduce que las condiciones citadas influyeron en su estado físico solamente en la fase final de las partidas y que la causa de su fracaso tiene carácter exclusivamente ajedrecista: esto es, aversión a las posiciones simples y más o menos igualadas, que, en cambio, Capablanca prefería y desarrollaba con habilidad extraordinaria. En cuanto al hecho de no estar acostumbrado a aquellas condiciones climatológicas conviene señalar que él, si jugaba tan bien como su rival debía haber logrado alguna victoria al comienzo del encuentro. ¡Pero no fue así! Chigorin, por ejemplo, morador del norteño San Petersburgo, sintió mucho más el clima de Cuba, lo cual le impidió ganar el encuentro con Steinitz; sin embargo, tuvo algunas victorias dignas de atención.

También perdió la undécima partida del encuentro, lo que explicó así:

“…esta partida pone de relieve el elevado estilo de Capablanca. La realizó con energía y prudencia, buscando posiciones sólidas, apropiadas para el ataque. Y yo la jugué bastante bien, a excepción de la fase final; aquí, las fuerzas me abandonaron por causa del clima. Con ello no pretendo desvalorar el mérito de Capablanca, que me planteó problemas lo suficientemente difíciles para quebrantar por entero las fuerzas de cualquier ajedrecista fatigado…”

Las dos siguientes partidas quedaron en tablas, y en la decimocuarta experimentó falta de tiempo, con la consiguiente pérdida de calidad y de la partida. Acerca de ello, dijo Lasker:

“…perdí esta partida en el punto en que la posición me garantizaba ganarla: pero, al finalizar la cuarta hora de juego y, por ende, el tiempo reglamentario, cometí varios errores que desbarataron todo mi plan estratégico…

…fuertes dolores de cabeza hicieron que se me nublase la vista. Esto fue una advertencia, que comprendí perfectamente…”

Tras esta partida, Lasker consultó con un médico y, después, con un psiquiatra. ¡Sería por aquello de que cuatro ojos ven más que dos!

Por lo común, los ajedrecistas se desmoralizan si el resultado de la competición les es inesperadamente adverso; esto les causa decaimiento físico y moral. Superan fácilmente toda indisposición, producida por la constante tensión y fatiga, cuando los acontecimientos les son favorables; mas creen sinceramente estar enfermos, tras una serie de fracasos deportivos cuyas causas achacan a una “enfermedad”: y así tratan de explicarlas a la afición y a sí mismos. La gente no siempre paga de buena gana la cuenta que se le presenta ni tampoco acepta sin quejas la férrea ley deportiva; ¡La causa de la derrota hay que buscarla en el propio derrotado! Esto nos recuerda a un conocido ajedrecista que sufrió varios reveses a l comienzo de un torneo; los achacó a una enfermedad y llamó al médico. Lo curioso es que, en tales casos, se contrae una enfermedad poco frecuente. Nuestro ajedrecista se quejaba de que le hacían chiribitas los ojos, lo cual le impedía distinguir las casillas del tablero. Luego de haberlo visitado, el médico levantó los brazos manifestando perplejidad, pues, según él, era la primera vez que oía hablar de tan extraña dolenc1a. Uno le preguntó:

– ¿No necesitará el paciente usar lentes?

– Le he recetado unas gafas de cristales ahumados contestó el médico.

-¡Este caso no requiere gafas de cristales ahumados, sino varios pares de lentes normales, para distinguir bien la tabla de la clasificación!

Lo más sorprendente es que el enfermo en cuestión sanó y no tuvo necesidad de usar gafas cuando finalizó el torneo.

Para comprender el estado psicológico de Lasker, su desmoralización y el trastorno de su sistema nervioso, después de la decimocuarta partida, hay que tener en cuenta que este luchador, célebre por su persistencia y fuerza de voluntad en el tablero, por primera vez no había ganado una partida de las catorce que se jugaron en la competición. Cualquier otro campeón del mundo no hubiese podido soportar este duro golpe, y para Lasker la única explicación, sincera en el aspecto subjetivo, fueron las condiciones climatológicas.

Los dos médicos le recomendaron mucho reposo. Por ello, abandonó la competición, y se trasladó a España; visitó Madrid y otras ciudades, donde mostró unas partidas en público y participó en varias sesiones de simultáneas.

Por lo cual, el encuentro, concertado a veinticuatro partidas, se redujo a catorce, y lo ganó brillantemente Capablanca con el resultado de +4 -o = 10. En la historia del ajedrez es el primer caso en que un campeón del mundo no gana ni una partida al aspirante. No fue sino hasta ocho décadas más tarde que esto se repetiría, cuando en el año 2000 Vladímir Krámnik le ganó a Garry Kasparov +2 -0 =13.

En otras condiciones climatológicas, Lasker posiblemente hubiese jugado las veinticuatro partidas y logrado mejores resultados; con todo, habría perdido el encuentro, porque Capablanca era veinte años más joven; estaba en la plenitud de sus fuerzas; poseía una técnica impecable y su juego era más depurado y profundo. Basta dar una ojeada a las partidas núm. 11, 12 y 13 del match para convencerse de que Lasker opuso con brillantez e inventiva una resistencia tenaz y se esforzó en tomar la iniciativa; pero Capablanca lo superó.

En la última crónica enviada desde La Habana, después del encuentro, reconoce la superioridad del maestro cubano y da una interesante caracterización de él:

“…las crónicas anteriores reflejaban una impresión que variaba de acuerdo con las perspectivas del encuentro y unas opiniones vacilantes… A pesar de todas las dificultades en el aspecto ajedrecista, el encuentro fue un placer para mí. Si por un lado las condiciones interiores me eran desfavorables, por otro Capablanca me planteaba problemas difíciles, pues sus movimientos son claros, lógicos y eficientes; en ellos no hay nada encubierto ni artificioso. Sus ideas se traslucen en los mismos, hasta cuando pretende usar de astucias. Pero, a pesar de su claridad, no son estereotipados, sino profundos. No es amigo de situaciones complejas ni de aventuras: quiere saber de antemano hacia dónde se encamina; la profundidad de su juego es matemática y no poética. Su espíritu es romano, no griego. Las combinaciones de Andersen o de Chigorin fueron realizables en determinadas situaciones, porque en ellas manifestaron su individualidad. En cambio, las de Capablanca pueden preverse con varios movimientos de antelación, porque se asientan sobre los principios generales. Andersen y Chigorin buscaron posiciones originales; por el contrario, Capablanca se ciñe a la lógica de las posiciones sólidas… Su juego me gustó, y me satisfizo enfrentarme con un adversario inflexible como el hierro, a pesar de que las circunstancias me impidieron jugar como me había propuesto…”

Luego vuelve a hablar del clima y de su indisposición, y prosigue diciendo:

“…sin embargo, estas circunstancias no lo aclaran todo: hay que completarlas con el punto flaco de mi juego: durante varios años no hice nada para mejorarlo; de esta manera, no perfeccioné el estilo…”

El final de su folleto sobre aquel encuentro, es un valle de lamentaciones acerca de la mecanización y automatización del juego y de la necesidad de reformar sus reglas, para evitar las tablas que son la muerte del ajedrez. Más la práctica de los cincuenta años siguientes ha demostrado que los temores de Lasker fueron erróneos.

Y resume la opinión que tiene formada de Capablanca así:

“… ¿es Capablanca el último maestro ideal? Lo dudo. No obstante, se merece el Título de Campeón del Mundo…”

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