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1914 – 1921 Años de escrupulosa preparación…

 

Luego de haber terminado su misión consular y actuación en el torneo de San Petersburgo, partió de Cherburgo para Sudamérica. Esto ocurrió en el mes de julio de 1914. El estallido de la 1ra gran guerra perturbó la navegación marítima; por ello, tras una larga estancia en Argentina, llegó a Filadelfia el 16 de enero de 1915, y de allí se trasladó  a Nueva York. No tenía prisa, pues el conflicto bélico había paralizado la actividad ajedrecista internacional. Y Lasker hubo de permanecer 4 años en la bloqueada Alemania. Esta hizo que el aspirante al título mundial tuviese tiempo de sobra para prepararse.

En la primavera de 1915, Capablanca tomó parte en el torneo norteamericano y salió vencedor; ganó todas las partidas, salvo dos empates. Pasó el verano y el otoño en Cuba, y volvió a Nueva York para tomar parte en un torneo en memoria de Roys, conocido mecenas de los ajedrecistas; también salió vencedor.

Aun cuando la calidad de estos torneos no fuese superior, le servían para adiestrarse, mantener la forma deportiva a un nivel alto y pulir su estilo, que, al decir de él, evolucionaba en sencillez exterior, pero sin perder su brillo original cuando es necesario ponerlo de manifiesto. A partir de aquí, empezó a rumorearse que el mundo había recibido una máquina ajed1ecista que pensaba sin equivocarse: un autómata de las victorias.

Acerca de sus partidas jugadas en los años 1915 y 1916, dijo:

“…los planes realizados en ellas fueron concebidos ampliamente; pero las combinaciones fundamentales, así complejas como simples, y todas las maniobras posibles son mayormente una forma táctica de los planes estratégicos realizados. En cada partida se manifiesta claramente la idea general, y cuya presencia en el juego de un maestro tiene un valor extrao1di11ario. Todas las Ideas se realizan con una precisión extrema.

A principios de 1917, y después de un prolongado recorrido por los Estados Unidos de Norteamérica regresó a su patria, para descansar: más hubo de permanecer año y medio en ella por motivos de salud. A este respecto dijo:

“…durante aquel año y medio ocurrió un hecho que Influyó, hasta cierto punto, en mi carrera ajedrecista: en La Habana conocí a una joven, de unos doce años de edad. Era inteligente y jugaba al ajedrez; esto hizo que me interesase por ella. Le propuse darle unas lecciones, con objeto de aclararle algunos problemas de la apertura y del medio juego referentes a los principios e ideas generales. Mas hube de dedicar cierto tiempo a la investigación de las aperturas, para poder explicarle estos conceptos teóricos. Me satisfizo mucho comprobar que mis ideas eran acertadas. Confieso que aprendí más que lo que enseñé; sin embargo, confío en que ella sacó provecho de aquellas lecciones. En suma, reforcé el lado débil de mi juego, y comprobé la importancia de los valores hallados en la teoría de este juego.

La alumna de Capablanca fue María Teresa Mora.

En la cita que acabamos de ver no es cierta la afirmación de su autor, de que hubiese de investigar la teoría de las aperturas. Pues ya puso atención en ella después de su victoria sobre Marshall; en 1914, analizó junto con Alekhine los problemas de la apertura, y, en 1915, publicó un análisis del sistema abierto de la apertura española Sus palabras expresan con elegancia la independencia de su modo de pensar. Pero no da lugar a duda de que él se puso al corriente de la teoría moderna durante el año y medio que permaneció en su patria, lo cual puede comprobarse en sus posteriores actuaciones.

Por lo visto, las lecciones que dio a la joven antes citada fueron el fundamento de su manual “Principios de ajedrez” (poner el año)

Al mismo tiempo que estudiaba la teoría moderna, se preparó intensamente para el encuentro con Lasker, analizando las partidas y el estilo de éstas y comentando las propias, base de su libro “Mi carrera ajedrecista”

La opinión que tuvo Lasker puede apreciarse en un artículo publicado la primavera de 1927 en una revista de ajedrez uruguaya:

“…el genio de Lasker es connatural; se ha desarrollado por el trabajo intenso desde el comienzo de su carrera, y no se ciñe a un tipo de juego que pueda clasificarse en un determinado estilo. Esta circunstancia hizo que ciertos entendidos afirmasen que su estilo es indefinido; que él es un individualista que lucha más contra el ajedrecista y sus puntos débiles que contra la posición. En estos últimos años tuve la posibilidad de observar su juego, y me parece que cambia frecuentemente de táctica, incluso si juegas varias veces con el mismo adversario. Su defecto estilístico estriba en que su juego se sale, por lo general  de los límites de lo regular…

…por otra parte, tiene unas cualidades excelentes: tenacidad y perseverancia. Posee una s0rprendente capacidad para defenderse en posiciones difíciles: a ello se debe atribuir la cosecha grande de éxitos en su larga carrera de campeón del mundo, si bien a la postre tal capacidad se convierta en un defecto, que le mueve a defender posiciones in defendibles cuando su contrincante juega con precisión. Con sus impetuosos ataques, lleva la partida hacia la victoria. Desde hace tiempo, está conceptuado de inigualable en los finales de partida: en ellos se puede prever su victoria con sólo que lleve un mínimo de ventaja a su adversario; por eso, pierde muy pocas partidas. Su talento combinatorio es también muy valioso en el medio juego…”

En el verano de 1918, se trasladó a Nueva York; en octubre, intervino en un importante torneo junto con Marshall, otros dos norteamericanos, Janovski, el campeón canadiense Morrison y el serbio Kostic; se jugó a dos vueltas. Capablanca ganó brillantemente el primer premio, ganando nueve partidas y empatando tres. Kostic se clasificó en segundo lugar, y sus dos partidas con el vencedor quedaron en tablas. Anteriormente, Kostic jugó dos partidas con él, y también quedaron en tablas.

Los éxitos del maestro serbio ante Capablanca movieron a los directivos del club de La Habana a organizar un encuentro a ocho partidas entre estos dos ajedrecistas en la primavera de 1919. Pero Kostic jugó con timidez, dejó escapar las posibilidades de hacer tablas y perdió una tras otra cinco partidas.

En el otoño de 1919, Capablanca partió para Inglaterra, con el fin de tomar parte en el torneo de Hastings, celebrado para festejar la victoria sobre Alemania y sus a liados. El conjunto de participantes fue mediocre al no haber sido invitados los maestros de los países vencidos. Capablanca ganó fácilmente el primer premio; hizo tablas sólo en una partida.

Tras esta competición, se quedó en Europa y, a principios de 1920, se reunió con Lasker en Holanda, para concertar el encuentro. En aquel entonces, publicó “Mi carrera ajedrecista”; este libro contiene treinta y cinco de sus mejores partidas y datos biográficos, causó mucha impresión; se tradujo a varios idiomas europeos, y cumplió perfectamente su objetivo: hacer comprender a la afición que Capablanca superaba a todos sus competidores, y que Lasker no debía rehuir por más tiempo enfrentarse con tan meritorio aspirante. Su autor formula el tema principal, de la siguiente manera:

“…espero que mi encuentro con Lasker se realice lo antes posible, pues quiero enfrentarme con un maestro que se halle en la plenitud de sus facultades y no con un anciano. Hace mucho que estoy dispuesto a competir con él; ocho años atrás, le invité a hacerlo, y no es mía la culpa si no se ha efectuado este encuentro…”

Era necesario persuadir a la afición americana y europea de que Capablanca era el ajedrecista de más talento, el mejor del mundo; que nadie podía igualarle y que él, y no Lasker u otro cualquiera, debía ocupar el trono. Sin duda, con este reclamo y las circunstancias que justificaban el objetivo, resultaba difícil dar el brazo a torcer.

Por otra parte, esta fanfarronería y este amor propio tienen un carácter abierto, ingenuo y noble; son la manifestación sincera del genio y el clamor de la concurrencia no estudiado que inclinan a disculpar esta falta de modestia. En este aspecto, sus memorias se asemejan a la Biografía del famoso Benvenuto Chellini, aunque Capablanca no fue tan duro con sus adversarios.

Que le inquietaron los posibles reproches de los críticos se revela en el prólogo de las memorias en cuestión:

“Al exponer mis ideas, he procurado decir solamente la verdad, corriendo a veces el riesgo de mostrarme excesivamente vanidoso ante aquellos que me conocen poco. Entiendo que la vanidad es insensata; pero la falsa modestia lo es aún más, por cuanto trata de ocultar vanamente lo que se esfuerza por salir al exterior.”

Este libro, las negociaciones entre ellos dos y los incontables artículos de la prensa ajedrecista, apoyando moralmente el encuentro, surtieron efecto. Entonces, Lasker actuaba en Suiza, en Dinamarca y en Holanda; tras l0s años difíciles de la guerra, no pudo rehuir por más tiempo el encuentro con Capablanca. Y así, en 1920, los dos  maestros y la directiva de la Federación Holandesa de Ajedrez firmaron el acuerdo:

La competición contaría de treinta partidas y Lasker recibiría ocho mil dólares, aparte los gastos de viajes y alojamiento.

Pero estas condiciones entrañaban dificultades. Por un lado, no aceptaba Lasker la propuesta de realizar el encuentro en Argentina ni en Cuba, alegando que el clima de estos países era muy caluroso; por otro, sería difícil reunir tal cantidad en la Europa arruinada por la guerra.

Con el fin de evitar reproches, Lasker manifestó públicamente que renunciaba al título y lo cedía a Capablanca. Esta renuncia al trono no satisfizo a los partidarios del maestro alemán ni a la opinión mundial. El mundo del ajedrez ansiaba ver a dos grandes maestros competir: además, se formaría un peligroso antecedente, caso de ser aceptada la propuesta de Lasker. Y el nuevo campeón del mundo podría en lo sucesivo transferir su nombramiento o legarlo a quien le pareciese, como si se tratase de una propiedad privada.

Este caso desató una dura polémica en la prensa ajedrecista internacional, y el aspirante insistía en que se realizase el encuentro, por cuanto ni a él ni a sus partidarios les satisfacía que se le otorgase, sin lucha, el título mundial. Y Lasker dejó de pensar en el encuentro y se dedicó al comercio. Esto podría parecer extraño; mucho más al tratarse de un campeón del mundo doctor en matemáticas y Filosofía; más ello formaba parte de las costumbres occidentales.

Pero el diapasón humano de Lasker era extraordinariamente amplio. Además de ser un gran ajedrecista, estuvo reputado de buen jugador de bridge, de póker y de go, juego oriundo de China. En la tercera década, abrió una escuela de juego de naipes en Berlín, y publicó una obra titulada “Enciclopedia de los juegos”

Como era más entendido en ajedrez que en comercio, los negocios le fueron mal. La inflación durante la guerra, y la espantosa devaluación del marco después de ella, hicieron que perdiese todos sus ahorros. Por eso, aceptó jugar el encuentro a veinticuatro partidas y no a treinta, en Cuba y celebrarlo la primavera de 1921 cuando, a fines de 1920, la directiva del club de ajedrez de La Habana se lo propuso por segunda vez. La bolsa se fijó en veinte mil dólares: él recibiría once mil, pero sin abonarle los gastos de viajes y de alojamiento.

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