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1914 – 1914 Lasker es Lasker

En dicho torneo intervinieron Capablanca, Lasker, invitado a participar en él con unos honorarios de quinientos rublos oro por cada partida, los rusos Alekhine, Rubinstein, Bemstein y Nimzovich, el francés Janovski, el campeón alemán Tarrasch, el campeón estadounidense Marshall y dos ancianos ajedrecistas ingleses: Blackburn, de setenta y tres años, y Gunsberg, de sesenta, invitados por haber sido otrora contrincantes de Chigorin.

El torneo se dividió en dos etapas, para dar al aspirante oportunidad de enfrentarse tres veces con el campeón del mundo. Primero, hubo una semifinal o vuelta de todos los participantes; los cinco primeros clasificados jugaron la final a dos vueltas. Los puntos obtenidos en las tres vueltas se sumaron, y determinaron el orden de los premiados.

Rubinstein, favorito indiscutible, no llegó a la final por haber perdido la cuarta y quinta partida con Lasker y con Alekhine, respectivamente.

Capablanca tomó ventaja de un punto y medio en las rondas preliminares, y obligó a Lasker a luchar por el empate. Ganó nuevamente el premio por brillantez contra Bernstein y tuvo algunas victorias importantes contra David Janowsky, Nimzowitsch y Alekhine.

Sin embargo fue víctima de una notoria mejoría de Lasker en la segunda parte del torneo, que incluyó una famosa victoria del alemán. Terminó segundo, detrás de Lasker con 13 puntos contra 13,5 del alemán, pero adelante de Alekhine, quien finalizó en tercer puesto. Al concluir el torneo, el Zar Nicolás II proclamó a los cinco ganadores de premios (Lasker, Capablanca, Alekhine, Tarrasch y Marshall) como “Grandes Maestros del Ajedrez”. Este torneo tuvo una gran significación, porque fue el primer intento, por iniciativa de los ajedrecistas rusos, de regular las confrontaciones valederas para el campeonato del mundo. De acuerdo con el programa, al vencedor, de no ser el propio Lasker, se le concedería el nombramiento de “candidato” al título mundial, y la recién constituida Federación Rusa de Ajedrez, la inglesa y la alemana deberían elaborar las condiciones de un encuentro entre dicho candidato y Lasker, quien, si no aceptaba el encuentro basado en las condiciones antedichas, perdería el título y sería entregado automáticamente al candidato.

Lasker concertó con Rubinstein el encuentro para el campeonato del mundo la víspera del torneo; sin embargo, consideró que era una cuestión de prestigio vencerle y, sobre todo, a Capablanca, favorito del público.

El torneo despertó la curiosidad de la afición rusa; la prensa se encargó de difundirlo: en el edificio del periódico “El Vespertino” se exhibieron las partidas, cuyas jugadas eran recibidas allí por teléfono. El actor y dramaturgo G. Ge, aficionado al ajedrez y viejo amigo de Chigorin, rodó una película de los participantes durante uno de sus paseos por las afueras de la capital. Antes de comenzar la competición y en el transcurso de la misma, Lasker publicó en los periódicos petersburgueses unos artículos que contenían ideas interesantes y reflejaban sus hostiles relaciones con Capablanca.

En el periódico “El Lenguaje”, para citar un ejemplo, escribió:

“…Capablanca tiene veinticinco años; es de nacionalidad cubana, de bello rostro y de cuerpo esbelto bien proporcionado; representa el tipo español. Hasta aquí ha jugado relativamente poco, compitió con Marshall; participó en el torneo de San Sebastián, y en torneos norteamericanos de segundo orden que le desbrozaron el camino a la fama. Su actuación fue generalmente buena. El presente torneo le plantea un problema difícil, por cuanto sus 1eguidores esperan mucho de él: quizás demasiado…

…Lasker, un servidor de ustedes, tiene cuarenta y dos años; nació en Alemania; ha viajado mucho, y actualmente reside en Berlín. Se halla en San Petersburgo para enfrentarse con el joven maestro cubano, que con mucho bombo ha venido anunciando pretender el título mundial…”

Y en el periódico “El Día” lamentaba de que cierto escritor ruso hubiese calificado de genio a Capablanca. Trató de demostrar todo detalle que era necesario tener mucho cuidado en aplicar la expresión genio. Lo que resulta cómico, pues él calificó de tal a Rubinstein, entonces maestro destacado cuando negociaron el encuentro para disputar el título mundial. Se preguntaba si se podía calificar de genio a Capablanca, y, acto seguido, contestaba negativamente. Por otra parte, reconocía que Capablanca era un maestro singular por su fuerza; que su juego manifestaba una inconmovible voluntad de ganar, la cual entrañaba fuerza creadora; y así, calculaba con una precisión extraordinaria, y tanto, que rebasaba el cálculo común y lindaba con la intuición.

Se concluye entonces con una extraña cabriola lógica:

“Si el juego del ajedrez se agotase por el cálculo, entonces sería imposible superar a Capablanca, pues este juego llegaría a su fin, porque su fuerza de atracción vendría a ser la de la suma aritmética y perdería rápidamente su eficacia. Y si ha mantenido su viabilidad, entonces no cabe duda de que tiene un contenido especulativo en lo más hondo de su ente; siendo así, se puede fácilmente superar a Capablanca.

No se comprende por qué Lasker, al reconocer que la voluntad de Capablanca tenía una fuerza creadora y advertir las dos cualidades fundamentales en él, como intuición Y exactitud en el cálculo, llegó a la falsa conclusión de que era fácil vencerlo.

¡Pero la práctica le mostró que no era tan fácil superar a Capablanca. Al terminar la semifinal del torneo en cuestión, en la que el maestro cubano se clasificó en primer lugar sin perder una partida y aventajó a Lasker en un punto y medio, el tono despreciativo de éste se tornó reverente. En el periódico “El Lenguaje” escribió:

“…el impetuoso Capablanca ha tenido una serie de victorias brillantes y va a la cabeza de la clasificación. ¡Sacar ocho pun tos de diez partidas es digno de atención! Rara vez, el que ocupa el primer puesto gana más de las tres cuartas partes de las partidas jugadas en una competición , y este tanto por ciento tiende a disminuir, lo cual puede verse como probado en los últimos torneos. El éxito de Capablanca no se debe atribuir a la ciega suerte, sino a su brillante actuación. Ahora le ofrece la oportunidad de demostrar si es capaz de mantener la ventaja conseguida…”

¡Ay, no fue capaz de mantenerla! En la final, el joven cubano sufrió una derrota inesperada, que hubo de atribuir a sí propio.

Empezó bien la última vuelta y, al parecer, creyó que ya tenía el primer premio en el bolsillo. Pero el resultado de la competición lo decidió la partida Lasker-Capablanca, perteneciente al séptimo turno; hubo solamente diez turnos: cinco participantes jugaban dos partidas entre sí, y, en cada turno, uno no jugaba. Lasker jugó con brillantez la final; estuvo perfectamente en forma, y en el encuentro con su principal competidor obtuvo un punto.

Capablanca procedió con una frivolidad sorprendente la víspera de su decisivo encuentro con el campeón del mundo, pues, como no le tocaba jugar, estuvo de francachela en un lujoso restaurante, rodeado de amigos y admiradores.

Lasker por el contrario, Aplicó toda su experiencia y todo su arte a la partida con aquel, y la abordó de un modo hábil y psicológico, incluso en la elección de la variante de la apertura.  A pesar de hallarse en peor posición después de la apertura, Capablanca posiblemente hubiese conseguido el empate, si hubiera jugado con su habitual tenacidad e inventiva; pero la francachela le pasó la factura, y sufrió un revés merecido.

Este inesperado fracaso lo desmoralizó. Posiblemente aludió a su partida con Lasker cuando 6 años después dijo:

“…en mi vida hubo momentos en los que estuve casi convencido de ser invencible. Luego, me infligieron derrotas, y toda partida perdida me trasladó del mundo de los sueños al de la realidad. No hay nada más útil que una réplica oportuna, y pocas partidas me enseñaron tanto como las que perdí…”

Pero la sabiduría de que nos dota toda amarga experiencia, se adquiere enseguida.

Aún después de haber perdido con Lasker, tuvo posibilidades de haber alcanzar el primer premio o de compartirlo con aquél. Al enfrentarse con Tarrasch en el turno siguiente, tenía mal aspecto, parecía estar fatigado y había perdido su aplomo habitual; sin embargo, sacó ventaja en la apertura y, sacrificando momentáneamente un caballo, hizo una interesante combinación que debía proporcionarle un peón de ventaja,

En esta posición, Capablanca cometió un grave error al jugar 13.Tfd1? en vez de 13.Tad1 siguió 13… Ag4 14.Dg3 Axd1 15.Axe5 Dd2 y se amenaza dar mate con De1, lo que no habría sucedido con la jugada 13.Tad1, hubo de continuar con 16.f3, y, después de 16. …Ch5 17. Df2 Dxf2+ 18.Rxf2 Axc2, perdió una pieza y la partirla en el movimiento ochenta y tres, no obstante oponer una resistencia tenaz.

 

 La pérdida de esta partida situó a Lasker en el primer puesto de la clasificación, que obtuvo trece puntos y medio de dieciocho partidas. Capablanca obtuvo trece. Los dos adelantaron en tres puntos y medio a Alekhine, que empezaba a aletear, a Tarrasch, Campeón de Alemania, a Marshall, campeón de Estados Unidos de Norteamérica.

Nadie dudaba de que era necesario reconciliar a ambos maestros, para que disputasen el título mundial.

En el banquete de despedida ocurrió una escena, que recuerda la reconciliación gogoliana de los personajes Iván Ivanovich con Iván Nikiforovich; pero sin un final trágico. Empujado levemente por sus amigos, Capablanca se acercó a Lasker, también empujado ligeramente por los suyos, lo felicitó por su victoria y lamentó que su carta le hubiese causado disgusto. Afortunadamente, Capablanca evitó aclarar la palabra “unfair” y, de ese modo, evitó el error cometido por el personaje gogoliano. El campeón del mundo brindó por los éxitos venideros del maestro cubano, y los dos conversaron amistosamente.

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