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1911 – 1912 Progreso Artístico de Capablanca

 

 

En 1911, estaba en lo mejor de su juventud y creía en sus fuerzas. A partir de aquí empieza el período de doce años que puede considerarse como la cumbre de su ascenso deportivo y artístico y como el punto máximo de la manifestación de su genio ajedrecístico.

Dieciocho años después del torneo de San Sebastián, recordaba Spielmann cómo conoció al joven maestro que tenía sólo veintidós años y se presentaba por primera vez a la palestra internacional:

“…la vida personal de Capablanca denota que es un maestro de ajedrez. Sus ocupaciones preferidas son la política y la diplomacia. . . A más de esto, es aficionado a los deportes practicados por la alta sociedad, particularmente al tenis. En otros aspectos, es un hombre elegante, aunque está libre de los vicios que la elegancia lleva dentro de sí. No fuma ni bebe, y se atiene rigurosamente a las reglas de la higiene.

…causa la impresión de tener el ajedrez por pasatiempo…”

Aquí es oportuno aclarar las expresiones “políticas” y “diplomacia”, citadas por Spielmann: con ánimo de ayudar materialmente a aquel joven prometedor, el ministerio de Asuntos Exteriores cubano lo incluyó en sus servicios, lo cual fue una simple prebenda, y le encomendó, a veces, misiones diplomáticas.

Capablanca caracteriza su juego en San Sebastián 1911 de la siguiente manera:

“…profundicé en las posibilidades que me ofrecía la posición tan bien como los demás maestros. Podía calcular una posición con muchas jugadas de antelación y hallar el procedimiento mejor para realizar un ataque contundente. Rechazaba con precisión los ataques contra mi rey. Llegué a los límites máximos en los finales. Muchos estimaron que me desenvolvía en ellos mejor que Lasker, a quien ninguno le igualó hasta entonces. Sin embargo, no creo que me desenvolviese mejor ni peor que él. Pero tenía que aprender mucho en lo tocante a la apertura; sobre todo, en la táctica del medio juego, cuando no se tiene base para combinar, y en la formación de flexibles dispositivos de ataque y defensa. Por otra parte, tenía que aprender a dominarme a mí mismo y ganar aplomo; condiciones indispensables en la consecución de muchas victorias.

Vemos que Capablanca fue por aquellos años bastante autocrítico, lo que garantiza siempre el posterior perfeccionamiento de sí mismo. También son dignas de atención las últimas frases de la cita en cuestión. Spielmann advierte que Capablanca era altamente impresionable y se tranquil1zaba sólo cuando tenía una superioridad aplastante sobre su adversario. Esto explica que las derrotas inesperadas le alterasen el ánimo; que, después de ellas, jugase con vacilación y flojedad, y que procurase eludir el riesgo y aceptase rápida y frecuentemente las tablas en las postrimerías de su carrera ajedrecista.

Después del torneo de San Sebastián, Capablanca actuó por poco tiempo en Alemania y, luego, partió para Sudamérica, con el propósito de tomar parte en algunas competiciones.

Volvió a Europa; dio unas sesiones simultáneas e hizo unas partidas con renombrados maestros de Holanda, Alemania, Francia e Inglaterra, de donde regresó a Cuba.

A fines de 1911, invitó oficialmente al campeón del mundo Emanuel Lasker, que a la sazón se encontraba en los Estados Unidos de Norteamérica, a disputar el título mundial. Esto no cogió de sorpresa al invitado, que no manifestó deseos de aceptar la confrontación, debido al juego brillante e innovador del maestro cubano.

Antes de referir las circunstancias en que discurrieron las negociaciones entre el campeón del mundo y el aspirante a este nombramiento, hay que tocar el punto fundamental que impedía llevarlas a feliz término y condujo a un brusco empeoramiento de las relaciones personales entre ellos dos. Lo cual ya había sucedido entre Steinitz y Lasker: sucedía entre Capablanca y Lasker, y sucedería entre Alekhine y Capablanca, y entre Euwe y Alekhine.

El punto en cuestión era el dinero; el oro, o “diablo amarillo”, como lo llamara Gorki.

Indudablemente, los campeones de ajedrez no pretendían “enriquecerse”; cuanto más, que los honorarios de los ajedrecistas notables eran inferiores a los de los maestros de otras ramas del arte. ¡Para ellos el estímulo principal no era el dinero, sino la máxima expresión de su talento y, por consiguiente, la fama! ¡La fama que les daban las victorias en torneos y competiciones, la conquista de laureles, la admiración de los contemporáneos de todo el mundo, el soberbio convencimiento de ser los más grandes e inteligentes entre los corifeos del ajedrez y, sobre todo, el gozo de la obra artística!

Pero, ¡ay!, los campeones del mundo no habitaban el fabuloso planeta X, donde uno puede sustentarse del rocío matutino y del polen, sino que viven en la rigurosa sociedad que valora al hombre por su capacidad de ganar dinero, de vender el cerebro o el cuerpo al mejor postor.

Es lógico que en aquellos tiempos, donde se estaba bien poco habituado a diferenciar el ajedrez del dominó, el campeón del mundo tuviese un valor mientras conservaba el título; pero su cotización en la bolsa de valores era ínfima en cuanto lo perdía. Por ello, la pérdida del mismo era un duro golpe, así para el amor propio y la autoridad del campeón vencido como para su bolsillo, y le ponía en peligro el porvenir.

Aquí es oportuno mencionar las siguientes frases del inmortal Balzac:

“…las heridas del amor propio no se cierran, cuando se avivan con ácido monetario…”

¿Qué es un campeón del mundo? Todo ajedrecista que ha cobrado fama; el primero entre los pocos elegidos que necesitan los organizadores de torneos y la afición de todos los países.

Y ¿qué es un ex campeón del mundo? Todo notable ajedrecista que ha cobrado fama; uno de entre los pocos elegidos que apenas interesa a nadie, y del que se puede prescindir fácilmente.

Conozcamos la diferencia que hay entre un maestro de ajedrez y una persona ocupada en cualquier otra rama del arte. Muchos actores, pintores, escultores, cantantes, escritores y músicos gozan, más o menos, de la admiración del público y de buenas condiciones materiales; los hay que no necesitan de la publicidad para destacarse entre sus colegas. En el ajedrez y en el deporte, el asunto cambia totalmente, porque lo importante no es jugar mejor o peor, sino superar públicamente al contrincante y, de esa manera, evitar poner involuntariamente en peligro sus medios de vida.

En la sociedad occidental, el deporte y el dinero lo decidían todo; los que despreciaban el lucro en cualquier aspecto del arte morían en la miseria o se quitaban la vida, por más fama que hubiesen cobrado: Federico Ates, campeón de Inglaterra varias veces, o el maestro alemán Rodolfo Swiderski, por citar un par de ejemplos.

Lasker lo comprendía perfectamente y, desde que conquistó el título mundial, exigía unos honorarios importantes, aparte el premio, cada vez que se le invitaba a participar en un torneo. Y se las con cedían, porque su nombre, como el de cualquier campeón, era un imán que atraía al público; esto ayudaba a cubrir los gastos que ocasionaba la organización del torneo.

Lasker fue el primero en exigir considerables cantidades di dinero por participar en torneos y en las competiciones en que se jugaba el título mundial.

A menudo le reprocharon estas exigencias; tachándolo de aprovechado y codicioso, por entender que con ellas se interrumpían las competiciones. ¿Fueron justos tales reproches?

Él se justificaba así:

“…siempre estuve dispuesto a enfrentarme con cualquier aspirante; con tal que la afición desease presenciar el encuentro y estuviese dispuesta a afirmar este deseo, no sólo con palabras; también con sacrificios de su parte (esto es, apoyarla económicamente). Desde luego, no quise ser objeto de explotación. Pues me amenazaba la suerte de los ajedrecistas que se murieron de hambre, como K1zeritski, Zuckertort y Mackenzie, o que hubieron de recurrir a la asistencia social y acabaron sus días en un asilo, como Pillsbury y Steinitz. Siempre estuve dispuesto a dar mi arte y mis ideas al mundo del ajedrez; pero le exigía que prestase ayuda económica para llevarlo a término.

¡Y tuvo razón! A su sombría lista de ajedrecistas notables se podría añadir una decena más de nombres, entre ellos al gran ajedrecista ruso Chigorin, que en las postrimerías de su vida se vio desamparado de toda ayuda y murió en la miseria

El temor a la pobreza le obligó, lógicamente, a sacar el máximo rendimiento de su título, para asegurarse el día de mañana. Por ello, aceptaba las citaciones a competición de los aspirantes que consideraba más inofensivos y fáciles de vencer, como Janovski, Tarrasch, Marshall, Schlechter. Esto le daba la mayor parte del fondo destinado a los premios y hacía que aumentase su reputación de ajedrecista in vencible. En cambio, aceptar la cita a competición de un adversario con posibilidades de ganar el encuentro, como Capablanca, era muy arriesgado y desventajoso.

Es comprensible que manifestase una clara hostilidad hacia el eventual usurpador del trono. Y el aspirante a tal no le iría en zaga. Por otra parte, ningún campeón del mundo, ni simple ajedrecista, reconoce que ha perdido un encuentro por haber sido inferior a su contrincante; siempre halla infinidad de motivos que han ocasionado la derrota, y en su interior continúa creyéndose el mejor; pero se ve privado de las ven tajas morales y materiales que tal título ofrece y es momentáneamente “uno de los pocos” y, después, “uno de tantos”.

En principio, Lasker aceptó el reto de Capablanca; pero le impuso tres condiciones, de las cuales dos impedían la celebración del encuentro.

Primera: reunir un fondo de cincuenta mil marcos (diez mil dólares), destinado al premio. Esto no asustó al maestro cubano, pues tenía muchos protectores; además, esta cantidad equivalía a la que él exigió a los aspirantes al título mundial cuando llegó a ostentarlo.

Segunda: se jugaría cuatro horas por jornada; la partida se interrumpiría a la hora de haber empezado, para revisar los doce movimientos ya efectuados; a las dos horas volvería a interrumpirse, para comer y descansar. Lo cual era inaceptable. Así para Capablanca como para los organizadores del encuentro, interesados en que acudiese mucho público para cubrir los gastos del mismo. Además de esto, las partidas no se desarrollarían con la normalidad con que se desarrollaban las de los encuentros para el campeonato del mundo en aquel entonces y se desarrollan en la actualidad. Después de los doce movimientos primeros, es decir, al finalizar la apertura, se haría un descanso, lo que facilitaría traza el siguiente plan de juego. Y tras los veinticuatro movimientos se haría otro descanso, suspendiendo la partida por bastante tiempo en una situación indefinida.

 Evidentemente, Lasker contaba aquí con su habilidad para el análisis casero, aun cuando se prohibía analizar la posición con ayuda de terceros. Pero, ¿cómo vigilar tal prohibición? ¡Además, es claro que el público no concurriría a presenciar un encuentro en que las partidas se interrumpiesen en los momentos de mayor interés!

Y tercera: Esta condición tampoco era aceptable, porque si Capablanca ganaba por un punto de ventaja, se consideraría como un empate y Lasker continuaría siendo el campeón. Esta circunstancia revela que Lasker dudaba de que el resultado de la contienda le fuese favorable, por lo que hace caso omiso a la tradición ajedrecista. ¡Resultaba que Capablanca debía superar al campeón en dos puntos para ganar el encuentro, realizado en unas condiciones de juego anormales, como la constante interrupción de las partidas!

Le escribió una carta rechazando semejantes condiciones e incitándole a defender su título en aquellas en que se lo había ganado a Steinitz. Dicha carta estaba redactada en inglés. El fogoso cubano calificó de “unfair” las exigencias del campeón. La lengua inglesa es rica en sinónimos y expresiones de sentido figurado. El vocablo “unfair” puede interpretarse de diversas maneras: injusta, (exigencia de Lasker), falsa, desleal y simulada.

Lasker tornó por pretexto esta palabra, la estimó ofensiva y rompió las negociaciones con Capablanca. No obstante estar la opinión ajedrecista mundial de parte del maestro cubano, éste no pudo hacer nada en pro de este asunto, pues entonces no existía la Federación Internacional de Ajedrez, la cual, después de haber sido organizada, estableció, en 1947, que se disputase regularmente el campeonato del mundo. Aquel año la ‘Federación Soviética de Ajedrez formó parte de la internacional.

Tras la ruptura de las negociaciones con Capablanca y de las relaciones personales con él, Lasker aceptó la citación de Rubinstein a un encuentro para disputar el título, y no le puso las condiciones que había puesto a Capablanca. En un número de 1914 de la “Revista de Ajedrez”, Lasker escribió al respecto:

“…a la afición le alegrará saber que va a disputarse nuevamente un encuentro valedero para el campeonato del mundo. El genial maestro ruso Rubinstein, cosechador de muchos triunfos en 1907, pretende el título mundial… Se jugarán veinte partidas. Saldrá vencedor aquel que reúna más puntos. Se establecerá un límite de dos horas para hacer 30 movimientos…”

El único desacuerdo entre los dos y en cuyo arreglo se invirtieron tres años, fue si se jugaría por la mañana, como quería Rubinstein, o si por la tarde, como exigía Lasker, acostumbrado a levantarse tarde. Finalmente, el primero cedió ante la exigencia del segundo. Pero el encuentro no se celebró por haber estallado la guerra europea.

¡Lasker cometió un error al eludir la realización inmediata del encuentro con Capablanca. Pues éste aún no tenía la experiencia del sutil jugador y psicólogo Lasker, que contaba cuarenta y dos años de edad y se hallaba en pleno desarrollo de su capacidad en este arte: por lo cual, tenía probabilidades de mantener el título y de acrecentar su autoridad, mientras al cubano le hubiese sido difícil tomar el desquite.

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