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1909 – 1911 El Camino al Trono

PRIMEROS PASOS

La sorprendente victoria sobre Marshall causó sensación en el mundo ajedrecista, sobre todo en los círculos europeos desconocedores del modo de jugar de Capablanca. Sus seguidores americanos le hablaron de organizar un encuentro con Lasker, para disputar el campeonato del mundo; pero les respondió que no era oportuno, porque Lasker jugaba en aquel momento mejor que él. Esta determinación fue acertada; tanto más cuanto que para tener éxito en el encuentro con el campeón del mundo, era necesario no sólo talento, sino también experiencia en la lucha con relevantes maestros de diversos países. Y él aun no la tenía. ¡Había que adquirirla!

Por otra parte, después del duro y prolongado encuentro con Marshall, Capablanca necesitaba descansar: por este motivo, regresó a Cuba, de donde había estado ausente cinco años.

Pero no se quedó allí: se hubiese aburrido. Al igual que a Napoleón le hubiese aburrido quedarse en Córcega, después ele su primera campaña italiana.

En Cuba no había contrincantes suficientemente preparados para competir con él; esta circunstancia le impedía perfeccionarse, aparte el deseo de conquistar otros laureles; deseo que mueve al luchador ajedrecista.

Ya se manifestaba en él la vida dual de todo maestro de ajedrez, que, como un capitán de navegación de altura, apenas si le queda tiempo para hacer vida tranquila y hogareña. El maestro también suele estar de viaje.

Aunque lo hubiese querido, no podía permanecer en su cálida y querida patria; creció en Cuba; allí experimentó una gran afición al ajedrez, y también allí probó el dulce fruto de la victoria deportiva. Contrajo matrimonio con una cubana y tuvo con ella una hija y un hijo, llamado José Raúl.

En la segunda década del siglo XX, ya había cobrado fama, y pasó la mayor parte de su vida en los Estados Unidos de Norteamérica. Entonces, este país, joven y floreciente, atrajo a muchos soñadores impetuosos, prometiéndoles imaginarias e ilimitadas posibilidades de desarrollar su genio artístico y generosas recompensas,

Estableció su cuartel general en Nueva York, donde estaba relacionado con muchos cubanos, y donde radicaba el club de ajedrez de Manhattan, cuyos socios eran mecenas neoyorquinos y ajedrecistas notables del país.

Nueva York abría el camino a todos los rincones del mundo, y Capablanca, gastando sus fuerzas físicas y espirituales con la alocada generosidad de la juventud, iba de torneo en torneo y de país en país. Se divorció de su esposa, y, al cabo de unos años, contrajo matrimonio con una norteamericana; de esa manera, se sometió a la influencia del modo de pensar estadounidense y del culto al dólar, lo cual se reflejó desfavorablemente en su arte. Poco a poco, el joven romántico e impetuoso fue haciéndose deportista práctico y prudente.

Con todo, nunca olvidó su isla natal y pasó en ella meses y años, descansan do tras las competiciones y entregándose a la reflexión sobre las sutilezas del arte ajedrecista. La serie de conferencias que pronunció poco antes de su muerte, acaecida el año 1941, en el club de ajedrez de La Habana, caracterizan al Capablanca patriota, y vienen a ser un legado artístico para la nueva generación de ajedrecistas isleños. Por ello, los cubanos ven en él, no sólo al compatriota que con su genio ha hecho célebre su patria, sino también al hijo fiel a ella. Pero volvamos a los comienzos de carrera ajedrecista.

Luego de haber pasado la primavera y el verano de 1909 en su país, regresó a los Estados Unidos de Norteamérica; allí pasó dos inviernos y actuó en sesiones de simultáneas, venciendo a los campeones locales y tomando parte en dos torneos neoyorquinos.

El primero se celebró en 1910, y fue valedero para el campeonato del estado; en él salió vencedor al ganar las siete partidas que jugó, El segundo tuvo lugar al año s1guiente, y era valedero para el campeonato nacional; participó en él tras un largo recorrido y un viaje de veintisiete horas en ferrocarril. Por eso, no sorprende que el comienzo de la competición le fuese desfavorable; con todo, ganó las últimas cinco partidas y se situó en segundo lugar. Marshall ocupó el primer puesto. Con una absoluta falta de descanso y de preparación para un torneo tan importante, como el campeonato de los Estados Unidos de Norteamérica, se manifestó por primera vez el rasgo negativo del Capablanca deportista: descuido del estado físico propio y subestimación de los contrincantes inferiores, debido a la confianza excesiva en sí mismo. Y en los años siguientes dio prueba de una ligereza sorprendente y de una descuidada preparación deportiva en las competiciones internacionales de importancia.

Sin embargo, el torneo estadounidense de 1911 fue para él una preparación muy útil, por cuanto transcurrió en vísperas del de San Sebastián, uno de los más importantes de principios de siglo.

Con anterioridad, lo invitaron a participar en el de Hamburgo, que tuvo lugar el año 1910; pero su estado de salud le f orzó a can celar su participación en él. Esto motivó que se rumorease que Capablanca temía, al parecer, enfrentarse con los experimentados maestros europeos y que prefería ganar fácilmente laureles en las competiciones norteamericanas. Por ello, le interesaba mucho lograr un éxito resonante en San Sebastián, con objeto de hacer callar a las malas lenguas, de rehacerse del relativo fracaso en el segundo torneo estadounidense y demostrar a los altaneros profesionales europeos que él tampoco se sostenía con hilos.

San Sebastián está situado en el pintoresco golfo de Vizcaya; ha atraído siempre a los veraneantes adinerados, no sólo por su maravilloso paisaje, sino también por su Gran Casino. La ruleta proporcionaba unos grandes ingresos; con el fin de hallar nuevos medios de publicidad, la administración del casino decidió organizar allí un torneo internacional, del 20 de febrero al 16 de marzo, y cuyo anuncio se insertó en las páginas de todos periódicos extranjeros.

La idea no era nueva, pues la organización de torneos de ajedrez en Monte Carlo, en Ostende y en otras ciudades balnearias de m oda fue un fenómeno corriente a principios de siglo. La única novedad consistió en reunir un conjunto de participantes notables; esto es, se invitó a maestros que hubiesen obtenido las dos cuartas partes de premios en competiciones internacionales, celebradas en el último decenio. Fueron in vitados los rusos Bernstein, Rubinstein y Nimzovich: el francés Janovski; los alemanes Tarrasch, Teichmann y Leonhart ; los austro-húngaros Schlechter, Maroczy, Spielmann y Duras; el serbio Vidmar; el inglés Burn, y el norteamericano Marshall. Y Capablanca fue un invitado de excepción. Contra ello protestaron Bernstein y Nimzovicb, por entender que aún no había dado pruebas de poder tomar parte en un certamen de ajedrecistas competen tes.

El comité organizador desestimó la protesta de los dos maestros rusos, y Capablanca se presentó al torneo.

Observando una partida amistosa antes de comenzar el torneo, jugada entre los dos maestros rusos que habían protestado contra él, hizo unos comentarios acerca de la posición. Nimzovich le advirtió que no se metiese donde no le importaba, y él respondiendo cortésmente le invitó a jugar unas partidas de confrontación que según se cuenta ganó fácilmente.

El desquite con Bernstein fue aún más sorprendente; jugó con él en la primera ronda y, tras iniciar un ataque fuerte, mediante el sacrificio de un caballo (consúltese la partida), lo desmoralizó de tal suerte que se rindió casi sin luchar. Y en ulteriores encuentros fueron Bernstein y Nimzovich “clientes” preferidos del maestro cubano. «En aquel entonces se llamaba “cliente” al ajedrecista que regularmente perdía ante un mismo contrincante». La partida Capablanca-Bernstein obtuvo el premio de belleza. Sobre este torneo, Capablanca dijo:

“…con antelación a esta partida, los participantes más renombrados me tomaron por presa fácil, apoyándose en su gran experiencia; pero, después de ella me temían y consideraban con respeto mi maestría…”

Capablanca obtuvo unas victorias consecutivas y, tras empatar unas partidas y sufrir una derrota ante Rubinstein, se clasificó en primer lugar; Vidmar y Rubinstein se situaron en los puestos segundo y tercero, respectivamente, y Marshall ocupó el cuarto puesto en la clasificación, demostrando con ello que su fracaso en el encuentro individual con Capablanca no se debió al deterioro de su capacidad artística.

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