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1904 – 1908 Los Primeros Pasos…

 

Capablanca termina sus estudios en el Instituto de Bachillerato de Matanzas a los 15 años (en 1904). Su familia no disponía de recursos como para permitirle estudiar en el extranjero, pero en vista de sus buenos resultados académicos, su mecenas Ramón San Pelayo se dispuso a financiar su formación en los Estados Unidos. Allí, cursa la secundaria en la Escuela Woodycliff de Nueva Jersey aspirando a entrar en la Universidad de Columbia para seguir la carrera de ingeniería química.

Capablanca ingresó en el propio 1904 en la escuela de ingeniería y química de la Universidad de Columbia; en los exámenes de ingreso obtuvo sobresaliente en todas las asignaturas, y en la solución de los problemas de matemáticas empleó una hora y cuarto, y no las tres horas que se daban para solucionarlos. Esto manifiesta la rapidez y precisión de su mente.

Se aplicó a los idiomas y a la ciencia; pero, y ya en 1905 empezó a frecuentar el conocido Club de Ajedrez de Manhattan. Aunque iba allí sólo los domingos, su original y brillante estilo causó admiración en todos; transcurrido otro año, estaba considerado como uno de los mejores ajedrecistas americanos. Particularmente, sorprendió a sus rivales la rapidez y calidad de su juego. Ninguno pudo igualarlo en las partidas rápidas.

En la noche del 6 de abril de 1906,  ocupó el primer puesto en un torneo relámpago entre treinta y dos ajedrecistas notables. Tras sucesivas partidas eliminatorias, venció «ante el asombro de todos» al tricampeón del mundo Emanuel Lasker, quien vivía entonces en los Estados Unidos de Norteamérica. Al terminar Lasker estrechó la mano de su vencedor diciéndole: “… es notable joven, usted no ha cometido errores”.

Parece ser que a Capablanca le atrajeron bien poco las ciencias, pues solo fue dos años a la Universidad y, al decir de él, practicó el deporte y jugó al ajedrez ¡No había tiempo para dedicarse a los estudios! Ya se había perfeccionado en el aspecto ajedrecista cuando abandonó la Univers1dad el año 1908. Entonces, era un joven, de veinte años, atractivo, simpático a primera vista, elegante, ingenioso, amable y alegre; un «preferido de los dioses» como lo llamó la prensa de ambos continentes. Dominaba algunos idiomas y no es de extrañar que en las postrimerías de su vida haya tenido conocimientos de la lengua rusa.

La práctica del deporte en la Universidad estadounidense le sirvió para mantenerse físicamente a un nivel adecuado y oportuno, y le permitió entretener el ocio y entablar relaciones, útiles e inútiles, con la sociedad mundana. De las siete artes que debía poseer un caballero, señaladas en un manuscrito del siglo x1, como natación, equitación, tiro con arco, esgrima, poesía, caza y ajedrez, cabe suponer que nuestro Capablanca no poseyó el arte de la caza ni de la poesía. Como el tiro con arco es un deporte muy popular en los EE. UU, seguro que lo conocía.

¡Había llegado el momento de salir a la palestra internacional; primero, a la americana, y después, a la europea!

Capablanca escribe:

“Considerando mi estilo de juego de los años 1906 y 1908, veo en él grandes progresos en todos los aspectos: en la apertura adquirió una fuerza maestra, aun cuando fuese menos efectiva de lo que debía ser, puesto que realicé con frecuencia planes afectados y poco eficaces cuando el desarrollo de las piezas exigía movimientos sencillos, contundentes y activos; en el medio fuego mejoró notablemente. Por cuanto las combinaciones tenían mayor profundidad y exactitud y perfeccionaba cada vez más la lucha de posición, y en los finales Jugaba con bastante precisión y, a mi ver, alcancé en ellos la maestría que distingue a todo ajedrecista.”

A decir de las mujeres, fue un hombre de extraordinaria belleza varonil, ideal y espiritual, no de opereta; de tez morena, como todo meridional; de ojos negros, grandes y vivos; de cuerpo esbelto y bien proporcionado, de andar garboso, de modales elegantes y de carácter franco y apacible, lo cual las atrajo cual un imán particularmente, a las personas en sentido general.

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